Friday | July 25, 2008

Spaghetti con almejas (Para Martín)

El taxista es un hombre enorme. Probablemente tenga más de sesenta años, a juzgar por el gigantesco bigote blanco, por los mechones de canas que le caen sobre los hombros, por las telarañas que forman las arrugas alrededor de los ojos. Pero conserva el vigor de un muchacho, y también los reflejos. Acaba de ver cómo yo perdía por pocos segundos el autobús, cómo me quedaba en tierra con mi maleta a cuestas. Ha supuesto que iría al aeropuerto o a la estación, una carrera rentable, y ha detenido el coche justo a mi lado.

-¿Taxi?

-¡Sí, prego, a la Stazione Termini!

Y, parsimonioso, se ha bajado, ha cogido mi maleta cargada de libros como si fuera una pluma y ha puesto el coche en marcha.

-¿Le ha gustado Roma? Pregunta mientras posa unas manazas enormes sobre el volante. Tiene un gran tatuaje en el antebrazo derecho. De repente me parece que todo en el taxista es excesivo.

Le digo que Roma me ha parecido aún más fascinante de lo que esperaba, con esa cualidad de mantener a la vista, superpuestas unas con otras, todas las Romas que han sido y las que son. Mientras avanzamos desde el Trastevere hacia la Estación Termini, observo cómo la ciudad de Trajano asoma junto a la escalinata de una iglesia renacentista. Le cuento que me he dejado muchas Romas por descubrir, he tenido poco tiempo, y casi no he salido del barrio judío y el Trastevere, porque el motivo de mi viaje es escribir un libro sobre la cocina del Mediterráneo. Al taxista se le iluminan los ojos. Despega una de las manazas del volante, la gira hacia arriba y junta los dedos, que en ese momento dejan de tener aspecto de porras y adquieren la ligereza de una mariposa. Sonríe, suspira y exclama:

-¡Ah, la cocina…! La cocina es mi gran amor.

Y emprende un parloteo apasionado que pasa de la proclamación de la cocina italiana como la mejor del mundo a la explicación de porqué no se puede prescindir del aceite de oliva virgen extra, un parloteo que amasa con deleite y que rellena de anécdotas sobre cómo la cocina sirve para entender la vida, para conquistar y mantener viva la llama del amor y para determinar las características y el grado de salud mental de una civilización. El taxista asegura que para él la cocina es una forma de creación y una terapia contra el estrés, y una puerta para viajar a la infancia. Defiende que el secreto de un buen plato son los buenos ingredientes.

-Es como en el amor. Una mala mujer, por buen aspecto que tenga, se delata en cuanto la pruebas. Igual que esas verduras insípidas de los supermercados. Parecen perfectas, pero estropean cualquier plato.

-¿Y cuál es su plato favorito? 

-Spaghetti con almejas. Yo hago los mejores spaghetti con almejas que usted pueda probar.

-¿Y me daría la receta?

-¡Claro! Es un plato sencillísimo. Usted pone a cocer la pasta y mientras, arrima al fuego una sartén con aceite de oliva del mejor. Tiene que ser del mejor. El que yo compro es de La Sabina y me cuesta diez euros el litro, y los pago besados. Pues cubro el fondo de la sartén con aceite y doro un diente de ajo picadito, unas vueltecitas nada más, y luego cojo tres o cuatro tomates bien rojos, los pelo, los corto a trocitos diminutos y los añado a la sartén. Dejo que se consuman durante tres o cuatro minutos y añado medio kilo de almejas de las gorditas. Las tapo hasta que se abren y añado perejil. Y ahora viene mi truco especial; el que hace que mis spaghetti con almejas sean in-ol-vi-da-bles. ¿Sabe lo que hago? Pues justo cuando la pasta acaba de cocerse, mientras la escurro, la espolvoreo ligeramente con harina.

El taxista frena de forma inesperada y vuelve la cabeza hacia mí. 

-¿Sabe para qué espolvoreo harina en los spaghetti?

Me limito a mirarlo con cara de expectación. Él sonríe con suficiencia.

-Pues para que al unirlos en la sartén con la mezcla de las almejas tomen la salsa. Si no, como el caldo de las almejas es muy líquido, la pasta no coge sabor, y al comerla resulta insípida. En cambio, de este modo, al volcar la pasta en la salsa caliente, la harina hace que se impregne del sabor. Pero hay que utilizar muy, muy poquita harina… Y luego terminamos espolvoreando perejil muy fresco.

-Parece un buen truco, me atrevo a decir.

-¿Bueno? Es EL TRUCO. Mi hermano lleva 30 años viniendo a mi casa a comer spaghetti con almejas y suplicándome que le diga mi secreto, pero yo no se lo he dicho ni a él ni a mis mejores amigos, ni siquiera a mis hijos ni a mi mujer. ¿Sabe por qué se lo cuento a usted?

Pone cara de oráculo.

-Porque los secretos importantes sólo se pueden confiar a desconocidos.

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Wednesday | May 28, 2008

soñó

Soñó que se volvía transparente. Las manos se tornaban blancas y borrosas como cristal ahumado, y luego hasta se podía ver a través de ellas. La invisibilidad: el sueño de la adolescencia, cuando cualquier encuentro casual era embarazoso. Entonces prefería transitar por las callejuelas malolientes, las oscuras y ruinosas bambalinas del centro, para pasar desapercibido. Nunca le gustó la calle principal, proscenio chillón, agresivo. En cambio, podía pasar horas hormigueando por el mercado. Allí uno se diluía en el bullicio, y los saludos eran breves porque los conocidos terminaban siendo arrastrados por el torrente de gente que se remansaba ante los puestos del pescado, que se estrechaba y dividía entre cubos y pañiles de los vendedores de espárragos y caracoles, de ajos, de madroños, de hierbabuena. Buscavidas que aparecían y desaparecían sin avisar, anunciando el eterno retorno de las estaciones: todo fluye en remolinos convulsos.

 

El sueño de estar y no estar. De mirar sin ser visto. A menudo, en las calles ruinosas demolían algún edificio viejo, y al fondo del solar quedaba al descubierto un collage de habitaciones pintadas, empapeladas y alicatadas en distintos colores, a veces incluso con algún cuadro olvidado colgando patéticamente de una pared sin sentido. Siempre que veía aquellos murales impúdicos se preguntaba cómo habría sido la vida de quienes habitaron los edificios que se van borrando de la faz de la ciudad, y qué sentirían al pasar, como él, por delante del solar y ver la pared de su salón convertida en tesela de un mosaico inerte.

 

Lo que ya no está no vive en nuestro recuerdo. Lo que se va, se va. Queda nuestra recreación. La vida es un ir consumiendo y olvidando minutos, hallando y perdiendo, atrapando y dejando ir, un proceso constante de construcción y destrucción que culmina en dejar de ser, en ser transparente, en no dejar rastro, pensó, justo antes de despertar buscándose las manos con angustia.

 

Posted by Aracne at 19:23:31 | Permanent Link | Comments (5) |

carta imposible

Qué difícil escribirte después de tanto tiempo. Qué penoso tener que abordar temas prácticos. La supervivencia no debería tener nada que ver con el amor, pero entonces tal vez al amor no existiría...

En todo caso, qué difícil. Todo tiene que estar tan medido, tan calculado para no sonar agresivo o nostálgico, para no herir sentimientos ni dejar hueco para que hieras los míos… Tiene que estar todo tan milimetrado para que no tengas por dónde agarrarme ni parezca que soy yo la que quiere agarrarte a ti por algún lado, que la tarea se presenta agotadora.

¿Cómo encabezar la carta? La última tuya no tenía encabezamiento. Pasaba directamente al territorio de los ataques, de los malentendidos, de las amenazas. ¿Qué te digo yo ahora? ¿Qué espero que me contestes? Mis palabras no cobrarán sentido hasta que tú las leas, y tendrán sin duda uno distinto a aquel con el que yo las escribí. Por eso son muy necesarias la precisión y la asepsia en el lenguaje.

¿Encabezo con un querido Tal, o con un simple Hola, Tal?

Hola me parece la mejor fórmula. Mejor que no poner nada, mejor que poner demasiado, mejor el gris a caballo entre el blanco y el negro. Y luego paso a decirte lo que necesito decirte, el motivo de mi carta, esos asuntos prácticos que cuelgan aún, incómodos flecos de nuestra historia. Eso que nunca se debería mezclar con el amor, pero cuando amamos nos empeñamos en ser uno, y cuando dejamos de amar volvemos a ser dos, y los flecos que deja el corazón al partirse no están hechos de carne trémula, sino de recibos, facturas y otras miserias.

En fin, el planteamiento de esta parte práctica (¿Pongo antes de meterme en harina un ‘qué es de tu vida’ o mejor un ‘espero que te vaya bien’, que no implica expectación?). Pues bien, el planteamiento de esta parte práctica tiene que ser asertivo pero de ninguna manera interpretable como intimidatorio. ‘Estoy pensando que…’ Es un buen comienzo. Si dijera ‘me gustaría’, me arriesgaría a que adivinaras mi interés en lo que te propongo y me golpearas con un no. Definitivamente, ‘estoy pensando que’ y después ‘querría saber qué te parece a ti’ (o mejor ‘¿Te parece bien si…?’ No, no. Parece que aún tomamos las decisiones a medias, es regresivo).
 

‘Si te parece mejor lo tratamos por teléfono, si quieres hacerlo dime en qué momento te viene bien que te llame’ es una buena transición para un final. ¿Y después? ‘¿Cuídate?’ (‘¿Cuídate y cuida de Toby?’). No, lo de Toby lo suprimimos. Fue el desencadenante de la última bronca, cuando me acusaste de haber querido más al perro que a ti. La verdad es que no era cierto, aunque al menos con él no tenía problemas de comunicación…

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Tuesday | May 20, 2008

donde nadie llega

Hay una soledad que nadie llena

Un agujero negro donde acaban

Los espejismos breves y la risa

Hay jaurías de hienas al acecho

Las oigo respirándome en la nuca

Y sé que cuando duermo

Recuestan la cabeza en esta almohada

Se enredan silenciosas a las piernas

Devoran con violencia mis entrañas

Y me sacudo en pesadillas tristes

De las que emerjo como de una fosa

De arenas movedizas

Posted by Aracne at 12:36:16 | Permanent Link | Comments (6) |

Tuesday | May 06, 2008

palabras de amor

Te diría que te amo, pero ¿Para qué? En el amor las palabras sólo sirven para convencer o convencerse. Para fingir, para porfiar. En el mejor de los casos, para enfatizar lo obvio. El lenguaje no puede alcanzar a describir lo indescriptible. El lenguaje nunca basta para detener el curso de las cosas. Todas las palabras de amor son fallidas, incluso la palabra amor: demasiado solemnes, ramplonas, pomposas, ridículas.


Te amo mientras escribes en tu ordenador, dándome la espalda a mí, que descanso en tu sofá pequeño para dos, tapada con un saco de dormir, sintiéndome una cosmonauta afortunada. En nuestra burbuja el tiempo está detenido. Afuera no existe la ciudad.


Te amo porque eres libre,  y si te lo dijera no podría evitar estar diciendo “quiero que seas mío”. 
Cuando dejes de escribir me abrazaré a tu cuerpo, y para cuando nos despidamos ya estará todo dicho.

Posted by Aracne at 20:42:15 | Permanent Link | Comments (6) |

hermanos

Encuentro con mi hermano después de meses sin verlo, sin apenas hablar con él. La lejanía de las personas queridas de cuyo amor estamos seguras no representa ninguna angustia. Incluso podemos olvidarlas durante días, semanas, y luego volvemos a verlas y la emoción, la confianza, la complicidad, siguen intactas. Mi hermano y yo estamos conectados por hilos invisibles que van mucho más allá del intercambio de información constante, de la necesidad de actualizar las vivencias. A menudo, cuando viene, disponemos sólo de unas horas para conversar. Las disfrutamos sin angustia, y nos mantienen alimentados hasta el próximo encuentro. Llevamos toda la vida enredados en una única conversación discontinua, donde lo que se dice es lo de menos. Las palabras nos sirven lo mismo que a las hormigas el frote de las antenas: para saber que somos dos hermanos, para reconocernos y seguir nuestro camino, que inevitablemente volverá a cruzarse.

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mi abuela

Mi abuela nunca le llamó hucha a la hucha. Decía siempre alcancía. “Toma, estas moneditas para que las metas en tu alcancía”. Le gustaban las palabras corpóreas. Lograba que el viento silbara cuando hablaba del viento. Mi abuela de pequeña tenía un limonero, pero envidiaba el naranjo dulce de su hermana mayor. Su hermana mayor se casó con un hombre rico. Mi abuela, con un hombre pobre. Su hermana mayor no tuvo hijos. Mi abuela tuvo once.

Mi abuela decía que había empezado a vivir después de enviudar, aunque en presencia de sus hijos aseguraba que se había casado con el hombre más bueno de la Tierra. Para mi abuela, la máxima transgresión era fumar tabaco negro y decir palabrotas jugando a las cartas. Cuando ya no pudo fumar ni jugar a las cartas, cuando no pudo levantarse más de su sillón, maldijo a toda la profesión médica por no tener cura para su dolencia. Al final de su vida se empeñó en recibir diariamente la visita de un sacerdote, y cuando lo escuchaba llegar por el pasillo, repasaba su peinado en el espejo de la polvera. Mi abuela presumía de haber sido guapa de joven, pero yo nunca la creí porque la conocí vieja.

Al entierro de mi abuela acudió un personaje misterioso. Un dandy octogenario con el cabello blanco peinado hacia atrás y un pañuelo de seda sobre las arrugas del cuello. Con exquisitas maneras, pidió permiso a la familia y pasó frente al catafalco. Puso encima una rosa y, al retirarse, me susurró: "no ha existido mujer más bella". No tuve valor para preguntarle quién era.

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Sunday | March 30, 2008

final



Primero empezó a no hacerme ningún efecto seguir encontrando en mi buzón cartas dirigidas a ti. Luego le fui cogiendo gusto a dormir sola. Otro día dejó de herirme saber que ahora quieres a otra persona. La sanación de cada herida fue celebrada en su momento como un gran logro íntimo, pero un día esas cosas simplemente dejaron de tener importancia.



Ya no siento celos. No lloro al despertarme cuando sueño contigo. No sé nada de tu vida y me he acostumbrado a hablar de ti siempre en pasado, igual que si te hubieras muerto. Mi memoria ha escogido sólo tus buenos momentos, y cuando refiero alguna anécdota parece que nuestra convivencia fue siempre armónica y feliz. Dentro te me vas borrando, y aunque repaso las líneas de tu dibujo realzando algunos rasgos aquí y allá, mi recuerdo carece de vida y yo lo sé. A veces ni siquiera tengo la certeza de que alguna vez hayamos estado tan próximos. Ya no importa. Ya no duele.



Ya no te guardo rencor, ni me atormenta la idea de que tú me lo puedas guardar a mí. Ya no me da pena que al final no hayamos podido ser amigos. Tenías que irte y te has ido.

Posted by Aracne at 23:02:30 | Permanent Link | Comments (6) |

Friday | March 28, 2008

felicidad


No existe una receta para la felicidad. Si existiera, pasaría lo mismo que con la receta de la paella: cada uno la interpretaría a su arbitrio, y al final todos asegurarían que su fórmula es la buena. Eso, si el resultado fuera algo parecido a un plato de arroz con tropezones. Aunque, si nos gusta y nos alimenta, lo de menos es el nombre que le pongamos al plato. Como si no queremos echar arroz...

***

El hombre entra en el autobús. Es alto, corpulento. Un asomo de barba gris, aspecto descuidado. Hay más asientos libres, pero escoge uno casi en el fondo, al lado de una mujer bastante guapa. La mujer parece una estatua cuando él se sienta al lado. El hombre coloca sobre el regazo una bolsa de supermercado con las asas anudadas y la aplasta con sus manazas hasta hacer salir todo el aire. Luego hace salir todo el aire que lleva en los pulmones diciendo bajito:

-Ahhhhh.

Tras sus enormes gafas de sol, la mujer guapa lo mira de reojo. El hombre vuelve a llenar los pulmones y a vaciarlos varias veces. A medida que se relaja, va ganando espacio, desbordándose en su asiento y comprimiendo a la mujer guapa, apresada entre él y la ventanilla. Casi imperceptiblemente, la mujer se recoloca tratando de alejarse y vuelve un poco la cara hacia el cristal.


-¡Ahora sí que hace calor! -dice el hombre, separando un poco el brazo que pega con su compañera en un intento de darle un codazo amistoso.


-Sí, hace calor, -responde ella, temiendo que el hombre sea un loco con ganas de conversación. Mira de soslayo las manazas sobre la bolsa de supermercado. Son delicadas para su tamaño.



El hombre vuelve a la carga:


-Yo, como ya estoy jubilado…


Parece esperar a que su compañera de asiento responda, pero ella acaba de convertirse en estatua otra vez, y clava los ojos en la ventanilla. El hombre le lanza una mirada suplicante que le traspasa la nuca. La mujer guapa contesta, contra su voluntad:



-Ah, qué bien.


-Sí, trabajé 40 años en un banco. Y ahora, hala, a vivir del cuento…


Ella no contesta.


-A vivir del cuento, -repite-. Ya ve: del cuento.


-Hombre, del cuento, no. Después de trabajar 40 años, lo menos que se puede pedir es que le quede a uno una paga, -dice la mujer con cierto fastidio.


-¡Y ahora, a viajar!


-Bien…


-Yo me quiero ir de viaje, ¿Sabe? Pero con El Corte Inglés. De nadie más me fío. Te meten en un avión y sabe Dios. Sabe Dios adónde te llevan. Te pueden dejar tirado por ahí.


Ella se limita a asentir con la cabeza por compromiso.


-Para primavera bonita, la de París. ¿Conoce París?


-No.


-Yo he ido a París.


Ella levanta las cejas por encima de las gafas de sol fingiendo asombro.


-Precioso París. Precioso. Precioso todo. París es una ciudad muy grande. ¿Ha visto Sabrina, con Audrey Hepburn? En esa película sale París. Yo tengo en casa tres mil películas y quinientos libros. Quinientos libros. Pero me gustan más las películas. Tengo de todo. Documentales, cine clásico, comedias. Yo vivo solo. Si no, no cabríamos en la casa. Así tengo más tiempo para ver películas. Como vivo solo…


La mujer guapa teme que el hombre siga emboscándola en su historia y decide volver a París.



-¿Y es caro, París? –ataja.


-¡Carísimo, me gasté todo el dinero que llevaba! Yo fui en los años setenta. Ahora no sé si es caro, pero me enteraré, porque tengo dos sobrinos que saben inglés. Me los llevo conmigo y me entero de todo. Lo que pasa es que ahora no puedo ir. Tengo muchos gastos. Por las películas.


-Claro…


El hombre mira por la ventanilla y se sobresalta:


-¡Huy, se me ha pasado la parada! Estaba aquí tan a gusto de charla… ¿Cómo se para este cacharro?


-Mire, dele al botón rojo que hay en esa barra de allí y se baja en la próxima parada…


-Me encantaría, pero ya voy un poco tarde. De verdad, se me ha hecho tarde. Y llevo prisa. Tengo que bajarme.


Se levanta bruscamente y grita a toda voz:


- ¡Conductor! ¡Conductor! ¡Conductooooor!


Silencio en el autobús. El conductor aprovecha el primer semáforo para abrir la puerta y dejarlo salir. Antes de bajarse, el hombre se vuelve hacia la mujer y se despide de ella con ademanes de guapo de cine.


-Ha sido un placer, preciosa.


La mujer ve al hombre bajar del autobús. Camina con paso decidido, aferrado a su bolsa de plástico semivacía. Al llegar a un cruce de calles se detiene junto al semáforo, toma aire, desinfla los pulmones diciendo ‘ahhhhh’ y vuelve a respirar hondo:


-¡París!

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Monday | March 17, 2008

Celebración íntima


Hace dos años se adelantó la primavera

Llegó como un milagro en pleno invierno

Volvió a hacerse de día en medio de la noche

Y todos los difuntos salimos de las tumbas

Amé a aquel hombre con tanta vehemencia

Que abandoné cuanto era y salí de mi casa

Apenas con lo puesto y algo en una maleta

Me empujaba la brisa de una tarde tan tibia

Que pensé que ya nunca volvería a pasar frío



(Hace dos años, tú no existías)



Pero volvió el invierno con los dientes más largos

Y me cogió desnuda: yo no llevaba nada

Para un frío tan crudo en aquella maleta

Después vino el dolor, la ruina, el abandono

El cruel desengaño, o más bien la constancia

De que suele haber truco detrás de la magia

Me quedé vacía, seca, transparente 

Soñé con la muerte en varias ocasiones

Y me desperté convertida en espectro



 

Hace ahora dos años, y tú no existías...



Pero un día de pronto te vi en el espejo

Era un día cualquiera y yo estaba muy sola

Una lágrima mía rodó por tu cara

Te guiñé un ojo: tú también me guiñaste

Te saqué la lengua y tú me la sacaste

Al final sonreí para ver tu sonrisa

Y bailamos las dos como dos niñas chicas



Hace ahora dos años yo no te conocía

Pero hoy sólo sé que ha valido la pena

Dejar ir tantas cosas para que tú llegases

Posted by Aracne at 22:37:01 | Permanent Link | Comments (6) |