Tuesday, October 23, 2007

insectos

En mi ordenador hay insectos. Empiezo a escribir un texto aburrido y una gran hormiga alada se pasea por la pantalla esquivando las letras que van formando líneas sobre el blanco. La cruza de norte a sur en diagonal y, al llegar a la esquina de abajo, se mete por la ranura entre el plasma y el marco y vuelve al mundo virtual. Luego veo la sombra de sus patitas posándose sobre el otro lado del folio de Word.

Hace un rato apareció otro bichito, éste más pequeño, con el cuerpo marrón. Se movió entre mis dedos, caminando por los surcos que quedan entre las teclas, y al llegar a la Z hundió la cabeza por debajo de la letra y vio algo que le gustó, porque sin dudarlo se lanzó a por ello, como un espeleólogo.

Si escribo poemas de amor tal vez vendrán mariposas… En algún momento sufro, porque al pulsar una tecla puedo acabar con la vida de una tijereta, o peor, de una mariquita siete puntos. Si estuviera triste, ¿Qué bichos saldrían a pasear? Tal vez esas cochinitas que viven debajo de las piedras, que cuando se exponen a la luz se enroscan sobre sí mismas. Rodarían descontroladas de un lado para otro y yo dejaría de escribir, temerosa de consumar un genocidio.

Pero hoy estoy contenta. Ahora doy la bienvenida a un saltamontes que p h t c a s q z a (esto es obra suya) hace su entrada usando el teclado como una gran cama elástica w x o t 6 v u i s w (saltamontes, por favor: aquí no hay sitio para los dos).

Vuelvo al texto aburrido, pero no veo nada, aparte de una tela de araña, trampa mortal para la hormiga alada, que bracea en el centro de la pantalla mientras que la tejedora avanza hacia ella moviendo con delectación las patitas delanteras.

Posted by Aracne at 15:14:35 | Permalink | Comments (2)

magia

Tú. Un solo día. Unas pocas horas de conversación y otras de deshacer la cama. Nos habíamos mirado como si lleváramos toda la vida buscándonos. Nos abrazamos con una confianza extraña. Hubo magia, sí, pero la magia son instantes, pompas de jabón que vuelan unos segundos y luego se desintegran y se mezclan con el aire. Inasible el aire, y el tiempo, el agua y el fuego. Inasibles las personas, salvo aquella persona que somos, a la que estamos encadenados.

Posted by Aracne at 15:00:58 | Permalink | Comments (2)

Wednesday, October 17, 2007

despedidas

Tu despedida ha sido cortés, pero yo lloro igual. Ya me lo han dicho otras veces: “Eres estupenda, gracias por todo, te mereces lo mejor. Adiós, adiós”. Yo también lo he dicho alguna vez, por eso sé lo que significan esas palabras amables, escogidas con el mimo con que se retira un huevo de debajo de una gallina ponedora para explicar la verdad sin herir sentimientos. Y es un empeño absurdo, por más que te lo agradezca, porque lo que hiere es la verdad. La forma de decirla es secundaria.

Posted by Aracne at 19:57:21 | Permalink | Comments (3)

Gran Sur

El aviador se elevó tirando de la palanca del aeroplano. En otros lugares los aviones despegan de la tierra, pero en el Gran Sur es el cielo el que absorbe a los que no desean seguir sometidos a las leyes gravitatorias. Incluso estando anclado en el suelo, el Gran Sur es una constante invitación a diluirse en el aire, en la nada más absoluta. El aviador sonrió para sus adentros pensando en los rostros tensos, en el obstinado caminar en círculos de sus conciudadanos allá en la capital de la que procedía. Siempre acelerados, con la mirada clavada en el suelo y el peso de la preocupación sobre los hombros, chocando unos con otros sin reconocerse como criaturas semejantes. A veces le daba la sensación de que terminarían hundiéndose en el magma terrestre bajo la carga excesiva que arrastraban.


El aviador había nacido en ese mundo, pero siempre tuvo la sensación de proceder de alguna otra parte. Siempre pensó que detrás de las nubes grises que empedraban el cielo allá en la metrópoli tenía que existir una tierra amable. Sin embargo, la ciudad, como un violento sumidero, arrastraba a todos los seres humanos a la misma corriente de espejismos y torpezas, de ceguera y sordera y deseos y terrores que terminaba por aniquilarlos y enterrarlos sin dejar de ellos más que un revoltijo de sueños rotos y miembros dislocados, sin permitirles adivinar que quizá en alguna parte de la realidad que dejaron inexplorada les esperaban algunos de sus porqués.

El aviador buscó el cielo como buscan los salmones el nacimiento del río. Desde niño supo que era su destino, aunque tardó tiempo en averiguar dónde estaba. Hubo un tiempo en que pensó que el cielo consistía en elevarse sobre los demás, en alcanzar reconocimiento, el amor de la mujer definitiva, una progenie digna y amante, la lealtad de los amigos. Luego descubrió que todas esas cosas constituían un lastre demasiado pesado para elevar el vuelo, y decidió embarcarse solo.


Cuando empezó a pilotar aeroplanos a través del Sahara ya había dejado de esperar. Tampoco a él lo esperaba ya nadie, por más que los amigos leales, los hijos ya criados y algunas de las mujeres definitivas lo hubieran llorado en la despedida. Ahora estaban muy lejos, pero formaban parte también de aquella atmósfera de luz primigenia que envolvía las dos grandes manchas de vida que corrían paralelas allá abajo: la inmensidad azul del océano; el rojo metamorfoseante de la tierra más árida que se pueda concebir. El Gran Sur era la gran nada; donde la civilización dejaba paso a comunidades formadas por unas pocas almas: pescadores, comerciantes bereberes, aventureros venidos de tierras remotas, viejos marinos varados en el dique del puerto viendo pasar el fantasma de su barco, mujeres sabias paridas directamente por la tierra, niños jugando descalzos entre la bruma que siempre cubre las playas, que oculta como queriendo protegerlo ese Eldorado pobre asomado a la tierra que el mar muerde constante, apasionadamente.


El aviador no despegó en el Gran Sur porque el Gran Sur es un territorio ingrávido. La espuma de olas allí sube al cielo convertida en neblina plateada y el cielo es tan poderoso que se transmuta en mar y penetra a la tierra con violencia y luego se retira acariciándola con la marea baja dejando la orilla sembrada de vida. Para cuando llegó al Gran Sur, el aviador ya no buscaba otra mujer, pero volvió a sentir en el vientre el vértigo del adolescente besado por primera vez. Entendió entonces que el verdadero sentido del amor no es otro que vivir más intensamente.
 

Vistos desde lo alto, mar y tierra son en el Gran Sur dos amantes que enroscan sus cuerpos en la orilla. Visto desde lo alto, piensa el aviador mientras tira de la palanca del aeroplano, todo es hermoso, diferente, libre y mágico. Visto desde lo alto, el aeroplano es un pájaro de lata perdido en la inmensidad azul, con un hombre dentro que se sueña parte de esa nada.

Posted by Aracne at 18:22:08 | Permalink | No Comments »

amor retornable

Ya no me quedo más en la parte doliente:

Lo que arrastra la vida siempre llega a algún puerto

Como los cascos retornables de las botellas,

Todo tiene un ‘continuará’ que a veces,

Las más de las veces, siquiera imaginamos

Mis sueños fueron en tu busca y no te hallaron

Y maldije mi suerte. Lloré por no encontrarte

Como si ser amada fuera lo importante…

Importa que te quise y me atreví a invocarte,

Que buscando tu amor, mi amor dejé en el aire

Y transformado en brisa volverá a acariciarme

Posted by Aracne at 17:12:49 | Permalink | Comments (1) »

Tuesday, October 16, 2007

juego de rol

La niña tiene el pelo rubio y rizado y lleva una pegatina en la frente. Ojos redondos de un negro insondable. La niña tiene la boca de fresa porque es una princesa, y la pegatina de su frente no es en realidad un código de barras sino una corona. La niña juega a que es princesa o maestra o madre, o hermana mayor, y en todos los casos regaña y da órdenes y dirige la vida de súbditos, alumnos, hijos, hermanos menores. ¡Siéntate derechito! -le grita con su lengua de tres años a un muñeco que se ha deslizado de la silla donde lo mandó sentarse.

En un momento dado, la niña sale de su embeleso, trata de fijar en su frente sedosa la pegatina medio despegada, retorcida sobre sí misma, y se dirige a la cocina, donde su hermano mayor aprende a hacer pasteles.

-Quiero ayudar, -pide al adulto que supervisa la labor del niño, que le contesta que tal vez tres años sea demasiado poco para andar entre masas y líquidos que manchan

-Sí, es poco, pero es que ser chica no me gusta, porque no puedes hacer muchas cosas…

La niña se gana el derecho a fregar los cacharros que ha ensuciado su hermano, aupada ante el fregadero sobre un taburete, entre gorjeos de felicidad y múltiples salpicaduras de agua que mojan su pegatina de la frente, su vestido, sus zapatos y buena parte del suelo. Cuando se aburre de fregar, vuelve a ser princesa, maestra, madre, hermana mayor, y prohíbe terminantemente al osito de peluche que se acerque al fuego:

-Cuando mamá termine de guisar, fregarás los platos.

Al adulto se le eriza la piel al escucharla.

Posted by Aracne at 19:36:30 | Permalink | Comments (3)

autobús

En el autobús, una hora anodina. Entran. Delante ella, resuelta, y luego él, dando un traspié antes de dejarse caer a su lado en un asiento frente al mío. Hay cierto parecido físico entre ellos, y pienso que tal vez sean hermanos. La boca y la forma de los ojos, aunque las cejas de ella son finas, producto de mucha depilación, y las de él, pobladas. Pero sobre todo se diferencian en la nariz. La de ella es chata. La de él, grande y afilada, suavizada por una breve barba gris. Los dos tienen más de sesenta años, pero él lleva un pendiente en una oreja. No es un arete ni una discreta bolita dorada. Es un pendiente de oro con un brillante. Un pendiente de mujer que me gusta ver en su oreja sexagenaria. Ella viste un pantalón y un jersey de lanilla de mangas cortas, y en la muñeca le veo una pulsera con flores de cuero teñidas de colores, también muy juvenil. Mientras ella bromea, animada, él la mira con toda la atención del mundo. Cuando ella aprovecha para reír, él le acaricia el óvalo de la cara, ya surcada por algunas arrugas, y entonces deduzco que no son hermanos. Recuerdo haber leído en alguna parte que a veces nos enamoramos de personas con rasgos semejantes a los nuestros. Éste sería un caso de libro.

El autobús para y arranca bruscamente, y yo finjo estar muy interesada en las calles que recorro cada día para no romper su intimidad de comentarios cómplices y besos en la cara, en las comisuras de los labios, en la frente. Besos incontenibles, como de primer amor. Las manos de ambos descansan trenzadas sobre las rodillas de ella. O más bien, no descansan: Animales ciegos, los dedos se recorren memorizando los pliegues de los nudillos, la suavidad de las uñas, y ellos vuelven la cabeza a la vez para mirar la misma cosa, o retiran, con infinito cuidado, una pelusa invisible del jersey de lanilla o de la barba. Y hablan sólo de cosas alegres: “El fresquito de septiembre invita a pasear”. “Podíamos ir a esa terracita que te gusta tanto a tomar una cerveza”. “O a aquel parque tan bonito”. “Y más tarde al cine”. “Qué bien”.
 

La pareja baja del autobús al llegar al centro y se aleja flotando en el aire con las manos trenzadas. El suyo sin duda es un amor nuevo, surgido cuando probablemente ya ninguno de los dos lo esperaba. Los miro con los ojos llenos de melancolía. La melancolía es una tristeza cálida, densa, extrañamente placentera; como un baño de barro. Es una tristeza artificial, porque se alimenta de sueños, de deseos no realizados y de paraísos perdidos. Y es tan necesaria como la risa…

Posted by Aracne at 18:48:25 | Permalink | Comments (4)