El aviador se elevó tirando de la palanca del aeroplano. En otros lugares los aviones despegan de la tierra, pero en el Gran Sur es el cielo el que absorbe a los que no desean seguir sometidos a las leyes gravitatorias. Incluso estando anclado en el suelo, el Gran Sur es una constante invitación a diluirse en el aire, en la nada más absoluta. El aviador sonrió para sus adentros pensando en los rostros tensos, en el obstinado caminar en círculos de sus conciudadanos allá en la capital de la que procedía. Siempre acelerados, con la mirada clavada en el suelo y el peso de la preocupación sobre los hombros, chocando unos con otros sin reconocerse como criaturas semejantes. A veces le daba la sensación de que terminarían hundiéndose en el magma terrestre bajo la carga excesiva que arrastraban.
El aviador había nacido en ese mundo, pero siempre tuvo la sensación de proceder de alguna otra parte. Siempre pensó que detrás de las nubes grises que empedraban el cielo allá en la metrópoli tenía que existir una tierra amable. Sin embargo, la ciudad, como un violento sumidero, arrastraba a todos los seres humanos a la misma corriente de espejismos y torpezas, de ceguera y sordera y deseos y terrores que terminaba por aniquilarlos y enterrarlos sin dejar de ellos más que un revoltijo de sueños rotos y miembros dislocados, sin permitirles adivinar que quizá en alguna parte de la realidad que dejaron inexplorada les esperaban algunos de sus porqués.
El aviador buscó el cielo como buscan los salmones el nacimiento del río. Desde niño supo que era su destino, aunque tardó tiempo en averiguar dónde estaba. Hubo un tiempo en que pensó que el cielo consistía en elevarse sobre los demás, en alcanzar reconocimiento, el amor de la mujer definitiva, una progenie digna y amante, la lealtad de los amigos. Luego descubrió que todas esas cosas constituían un lastre demasiado pesado para elevar el vuelo, y decidió embarcarse solo.
Cuando empezó a pilotar aeroplanos a través del Sahara ya había dejado de esperar. Tampoco a él lo esperaba ya nadie, por más que los amigos leales, los hijos ya criados y algunas de las mujeres definitivas lo hubieran llorado en la despedida. Ahora estaban muy lejos, pero formaban parte también de aquella atmósfera de luz primigenia que envolvía las dos grandes manchas de vida que corrían paralelas allá abajo: la inmensidad azul del océano; el rojo metamorfoseante de la tierra más árida que se pueda concebir. El Gran Sur era la gran nada; donde la civilización dejaba paso a comunidades formadas por unas pocas almas: pescadores, comerciantes bereberes, aventureros venidos de tierras remotas, viejos marinos varados en el dique del puerto viendo pasar el fantasma de su barco, mujeres sabias paridas directamente por la tierra, niños jugando descalzos entre la bruma que siempre cubre las playas, que oculta como queriendo protegerlo ese Eldorado pobre asomado a la tierra que el mar muerde constante, apasionadamente.
El aviador no despegó en el Gran Sur porque el Gran Sur es un territorio ingrávido. La espuma de olas allí sube al cielo convertida en neblina plateada y el cielo es tan poderoso que se transmuta en mar y penetra a la tierra con violencia y luego se retira acariciándola con la marea baja dejando la orilla sembrada de vida. Para cuando llegó al Gran Sur, el aviador ya no buscaba otra mujer, pero volvió a sentir en el vientre el vértigo del adolescente besado por primera vez. Entendió entonces que el verdadero sentido del amor no es otro que vivir más intensamente.
Vistos desde lo alto, mar y tierra son en el Gran Sur dos amantes que enroscan sus cuerpos en la orilla. Visto desde lo alto, piensa el aviador mientras tira de la palanca del aeroplano, todo es hermoso, diferente, libre y mágico. Visto desde lo alto, el aeroplano es un pájaro de lata perdido en la inmensidad azul, con un hombre dentro que se sueña parte de esa nada.