El electricista
Abrí la puerta y allí estaba el electricista: Sin gafas. La primera vez que vino las llevaba puestas. Le daban un aire serio. Tampoco llevaba uniforme de faena, sino unos pantalones vaqueros y una camiseta de algún color alegre que señalaba que debajo había un torso y unos brazos fuertes. Tenía que retirar una maraña de cables que el anterior dueño de la casa (en adelante, Mc Gyver) había dejado colgando por todas partes. Por lo que se ve, a Mc Gyver le gustaba ver la tele en todas las habitaciones; y hablar por teléfono desde cualquier rincón, y enchufar setecientos aparatos, y claro, la red eléctrica convencional de las casas tiene sus limitaciones, pero por lo visto a él esas limitaciones nunca le hicieron desistir de sus propósitos dilapidadores de energía. Yo sólo tengo una tele, una estufa, un PC, un secador de pelo que apenas uso y una cuenta de electricidad más abultada de lo que querría. Y, hasta hoy, tenía miedo de que alguno de los nidos de cables que colgaban del techo terminaran sirviendo de hogar a murciélagos o gaviotas, bichos que no es agradable tener demasiado cerca. El electricista es empleado de mi tío Santiago (en adelante, El Solucionador), que un día vino a casa a cambiarme el fluorescente de la cocina acompañado del muchacho y, al descubrir los cables colgando, le dijo:
-Fede, un día te llegas por aquí y le arreglas este desastre a mi sobrina.
Yo me quise morir, igual que cuando mi tío el médico me cuela en el hospital para hacerme una analítica y tengo que atravesar una sala de espera abarrotada con la sensación de llevar escrito en la frente: “ENCHUFADA”. Pero mi tío El Solucionador, haciendo caso omiso de mi cara de apuro, le dictó al electricista el número de mi teléfono móvil en voz muy alta, y el otro lo copió sin decir nada. A los dos días, Fede me estaba llamando para venir a quitarme los cables sueltos. Yo le di largas porque la situación me resultaba incómoda. Fede insistió, y entonces me sentí aún peor, y le dije que podía venir con la condición de que me cobrara el trabajo. Pareció ofenderse:
-Este asunto lo arreglamos entre tu tío y yo -dijo, muy serio.
Y como ya no supe de qué asunto hablaba, me sentí un poco damisela rescatada y dije que vale, que el lunes. Y ahí estaba él, sin gafas, morenito, con una camiseta que marcaba pectorales y unos buenos bíceps y, sí, de eso me acordaba, un pendiente diminuto en la oreja. Le sonreí, coqueta. Él también sonrió. Nos dimos dos besos, lo invité a dejar el casco de la moto en cualquier parte y le pregunté si quería tomar algo frío. Contestó que no y salió a la azotea para empezar a desconectar cables inútiles. Cuando encontraba alguno sospechoso, me decía que tirase yo de él desde dentro de la casa, para ver adónde iba. Poco a poco fuimos desmontando las telarañas de PVC que a estas alturas constituían uno de los últimos rastros del paso de Mc Gyver por la casa que ahora es mía y sólo mía.
A Fede le había tocado el trabajo más duro en la tarea de la retirada de cables, porque sobre la azotea caía un sol achicharrante, y sudaba como un pollo. Yo ya le había advertido que tal vez las cuatro y media de la tarde no fuera muy buena hora para ponerse a cortar cables, y se lo volví a decir una vez más.
-Tú también estás sudando –observó él, y yo sentí un pellizco en el estómago, porque en efecto, un hilillo de sudor resbalaba desde mi cuello, escote abajo, y empezaba a empapar la camiseta de tirantes. Sonreí y dije:
-Sí, voy a buscar agua…
-¡Fría! –gritó él mientras me alejaba, sofocada.
Volví con el agua y Fede ya había quitado todos los cables. Observé que había cortado también el de la antena de la tele. Se apuró mucho. Intenté restarle importancia al incidente:
-De todas formas, nunca dan nada interesante…
-No es verdad. Algunas veces sí ponen cosas interesantes –repuso él, compungido. Y, para compensarme, propuso quitar de la pared un par de viejas antenas parabólicas en desuso, una de ellas seguramente de la NASA , a juzgar por el tamaño. Pero las antenas estaban clavadas a la pared a pocos centímetros de la barandilla del balcón.
-No, eso sí que no. ¿Y si te caes?
-Si me caigo, prométeme que pones el piso en venta. Significaría que está maldito o algo…
Qué ternura, alguien que se preocupa por una más allá de la muerte… El muchacho me clavó dos ojos muy negros y una sonrisa amplia y añadió:
-Pero necesito que me ayudes…
-¿Qué tengo que hacer?
-Ponte aquí, al lado de la escalera, y mantenla bien fija al suelo mientras esté subido.
Retiramos las macetas. Comentó que le gustaba ver esa azotea tan llena de plantas, y que suponía que el mérito era mío. Me contuve para no confesarle que, en realidad, cuando Marino vivía aquí, había muchas más macetas, casi todas sembradas de marihuana. Me alegró no llegar a decir nada, porque cuando salí del embeleso de admirar su cuerpo tenso ascendiendo por la escalera portátil, me estaba explicando que era jugador de balonmano.
Deportista. Mira tú por dónde. Le di bola contándole que había sido nadadora, mientras sujetaba con un brazo y un pie la escalera e, instintivamente, agarraba su muslo para evitar la caída de aquel cuerpo hermoso por el balcón. Son seis pisos… Cuando la primera de las antenas se desprendió de la pared, de algún tubo hueco cayó un chorro de agua tan sucia que parecía tinta china. Parte del agua se derramó sobre mi cuerpo y lo pintó de un negro inverosímil. La camiseta era oscura, pero la minifalda no, y estaba totalmente tiznada, lo mismo que los zapatos. Bajé la antena al suelo y corrí al otro lado de la azotea en busca de la manguera, mientras que Fede, apuradísimo, me pedía disculpas.
-No te preocupes –dije, dirigiendo el chorro hacia los pies, hacia las piernas, hacia la falda. De repente me sentí muy coqueta y apunté hacia él.
-¿Quieres unirte al baño? –pregunté.
-Todavía no –dijo, sosteniendo en alto sobre la escalera la parabólica gigante, a punto de desprenderse de la pared después de un forcejeo intenso.
Dejé la manguera en el suelo y corrí de nuevo a ayudarle. Aunque pesaba muchísimo, sostuve la antena gigante sobre los brazos, en pose de finalista olímpica de halterofilia, mientras él saltaba de la escalera para descargarme. Acabamos los dos inclinados sobre la antena, cabeza con cabeza, orgullosos del esfuerzo que habíamos hecho y del feliz final obtenido. Dos parabólicas arrancadas de la pared. Ningún muerto. Ningún herido.
Le dije si quería tomar algo frío antes de marcharse y me contestó que aún no pensaba marcharse, que la otra vez que vino se había fijado en que me fallaban dos bombillas y que además me podía fabricar unos cuantos alargadores con lo que sobraba de los cables que había quitado. Cambió las bombillas y se puso a componer con muy poca pericia una decena de alargadores que yo no necesitaba. Mientras, me explicó que aunque había estudiado Electricidad, en realidad lo suyo era la Topografía (a esas alturas, yo hubiera podido jurarlo por la antena de mi tele). Me contó millones de cosas. Me pidió que cogiera de su boca un montón de tornillos diminutos mientras él sostenía con ambas manos las piezas de los muy complejos enchufes modernos. Yo busqué encantada todos los tornillos que escondía entre los labios. Hubiera sacado cientos de ellos. Al fin terminó de empalmar cables y enchufes. Le ofrecí de nuevo bebida, y él volvió a pedir agua y a bebérsela de un trago. Me preguntó:
-¿Puedo hacer algo más por ti?
-¿Sabes hacer pizzas? Pregunté, por preguntar algo.
Decidí dejarlo ahí. Tengo complejo de mujer fácil. Mi amiga Lupe me habría dicho:
-Mery, para echarle un polvo a un desconocido hay que ser decidida.
Pero yo sé lo que me hago. El flirteo es un arte en sí mismo…
Los dos soltamos una risita torpe al darnos los dos besos de despedida:
-Hasta la próxima.