Sunday, March 30, 2008

final

Primero empezó a no hacerme ningún efecto seguir encontrando en mi buzón cartas dirigidas a ti. Luego le fui cogiendo gusto a dormir sola. Otro día dejó de herirme saber que ahora quieres a otra persona. La sanación de cada herida fue celebrada en su momento como un gran logro íntimo, pero un día esas cosas simplemente dejaron de tener importancia.

Ya no siento celos. No lloro al despertarme cuando sueño contigo. No sé nada de tu vida y me he acostumbrado a hablar de ti siempre en pasado, igual que si te hubieras muerto. Mi memoria ha escogido sólo tus buenos momentos, y cuando refiero alguna anécdota parece que nuestra convivencia fue siempre armónica y feliz. Dentro te me vas borrando, y aunque repaso las líneas de tu dibujo realzando algunos rasgos aquí y allá, mi recuerdo carece de vida y yo lo sé. A veces ni siquiera tengo la certeza de que alguna vez hayamos estado tan próximos. Ya no importa. Ya no duele.

Ya no te guardo rencor, ni me atormenta la idea de que tú me lo puedas guardar a mí. Ya no me da pena que al final no hayamos podido ser amigos. Tenías que irte y te has ido.

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Friday, March 28, 2008

felicidad


No existe una receta para la felicidad. Si existiera, pasaría lo mismo que con la receta de la paella: cada uno la interpretaría a su arbitrio, y al final todos asegurarían que su fórmula es la buena. Eso, si el resultado fuera algo parecido a un plato de arroz con tropezones. Aunque, si nos gusta y nos alimenta, lo de menos es el nombre que le pongamos al plato. Como si no queremos echar arroz…

***

El hombre entra en el autobús. Es alto, corpulento. Un asomo de barba gris, aspecto descuidado. Hay más asientos libres, pero escoge uno casi en el fondo, al lado de una mujer bastante guapa. La mujer parece una estatua cuando él se sienta al lado. El hombre coloca sobre el regazo una bolsa de supermercado con las asas anudadas y la aplasta con sus manazas hasta hacer salir todo el aire. Luego hace salir todo el aire que lleva en los pulmones diciendo bajito:

-Ahhhhh.

Tras sus enormes gafas de sol, la mujer guapa lo mira de reojo. El hombre vuelve a llenar los pulmones y a vaciarlos varias veces. A medida que se relaja, va ganando espacio, desbordándose en su asiento y comprimiendo a la mujer guapa, apresada entre él y la ventanilla. Casi imperceptiblemente, la mujer se recoloca tratando de alejarse y vuelve un poco la cara hacia el cristal.


-¡Ahora sí que hace calor! -dice el hombre, separando un poco el brazo que pega con su compañera en un intento de darle un codazo amistoso.


-Sí, hace calor, -responde ella, temiendo que el hombre sea un loco con ganas de conversación. Mira de soslayo las manazas sobre la bolsa de supermercado. Son delicadas para su tamaño.

El hombre vuelve a la carga:


-Yo, como ya estoy jubilado…


Parece esperar a que su compañera de asiento responda, pero ella acaba de convertirse en estatua otra vez, y clava los ojos en la ventanilla. El hombre le lanza una mirada suplicante que le traspasa la nuca. La mujer guapa contesta, contra su voluntad:

-Ah, qué bien.


-Sí, trabajé 40 años en un banco. Y ahora, hala, a vivir del cuento…


Ella no contesta.


-A vivir del cuento, -repite-. Ya ve: del cuento.


-Hombre, del cuento, no. Después de trabajar 40 años, lo menos que se puede pedir es que le quede a uno una paga, -dice la mujer con cierto fastidio.


-¡Y ahora, a viajar!


-Bien…


-Yo me quiero ir de viaje, ¿Sabe? Pero con El Corte Inglés. De nadie más me fío. Te meten en un avión y sabe Dios. Sabe Dios adónde te llevan. Te pueden dejar tirado por ahí.


Ella se limita a asentir con la cabeza por compromiso.


-Para primavera bonita, la de París. ¿Conoce París?


-No.


-Yo he ido a París.


Ella levanta las cejas por encima de las gafas de sol fingiendo asombro.


-Precioso París. Precioso. Precioso todo. París es una ciudad muy grande. ¿Ha visto Sabrina, con Audrey Hepburn? En esa película sale París. Yo tengo en casa tres mil películas y quinientos libros. Quinientos libros. Pero me gustan más las películas. Tengo de todo. Documentales, cine clásico, comedias. Yo vivo solo. Si no, no cabríamos en la casa. Así tengo más tiempo para ver películas. Como vivo solo…


La mujer guapa teme que el hombre siga emboscándola en su historia y decide volver a París.

-¿Y es caro, París? –ataja.


-¡Carísimo, me gasté todo el dinero que llevaba! Yo fui en los años setenta. Ahora no sé si es caro, pero me enteraré, porque tengo dos sobrinos que saben inglés. Me los llevo conmigo y me entero de todo. Lo que pasa es que ahora no puedo ir. Tengo muchos gastos. Por las películas.


-Claro…


El hombre mira por la ventanilla y se sobresalta:


-¡Huy, se me ha pasado la parada! Estaba aquí tan a gusto de charla… ¿Cómo se para este cacharro?


-Mire, dele al botón rojo que hay en esa barra de allí y se baja en la próxima parada…


-Me encantaría, pero ya voy un poco tarde. De verdad, se me ha hecho tarde. Y llevo prisa. Tengo que bajarme.


Se levanta bruscamente y grita a toda voz:


- ¡Conductor! ¡Conductor! ¡Conductooooor!


Silencio en el autobús. El conductor aprovecha el primer semáforo para abrir la puerta y dejarlo salir. Antes de bajarse, el hombre se vuelve hacia la mujer y se despide de ella con ademanes de guapo de cine.


-Ha sido un placer, preciosa.


La mujer ve al hombre bajar del autobús. Camina con paso decidido, aferrado a su bolsa de plástico semivacía. Al llegar a un cruce de calles se detiene junto al semáforo, toma aire, desinfla los pulmones diciendo ‘ahhhhh’ y vuelve a respirar hondo:


-¡París!

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Monday, March 17, 2008

Celebración íntima


Hace dos años se adelantó la primavera

Llegó como un milagro en pleno invierno

Volvió a hacerse de día en medio de la noche

Y todos los difuntos salimos de las tumbas

Amé a aquel hombre con tanta vehemencia

Que abandoné cuanto era y salí de mi casa

Apenas con lo puesto y algo en una maleta

Me empujaba la brisa de una tarde tan tibia

Que pensé que ya nunca volvería a pasar frío

(Hace dos años, tú no existías)

Pero volvió el invierno con los dientes más largos

Y me cogió desnuda: yo no llevaba nada

Para un frío tan crudo en aquella maleta

Después vino el dolor, la ruina, el abandono

El cruel desengaño, o más bien la constancia

De que suele haber truco detrás de la magia

Me quedé vacía, seca, transparente 

Soñé con la muerte en varias ocasiones

Y me desperté convertida en espectro

 

Hace ahora dos años, y tú no existías…

Pero un día de pronto te vi en el espejo

Era un día cualquiera y yo estaba muy sola

Una lágrima mía rodó por tu cara

Te guiñé un ojo: tú también me guiñaste

Te saqué la lengua y tú me la sacaste

Al final sonreí para ver tu sonrisa

Y bailamos las dos como dos niñas chicas

Hace ahora dos años yo no te conocía

Pero hoy sólo sé que ha valido la pena

Dejar ir tantas cosas para que tú llegases

Posted by Aracne in 20:37:01 | Permalink | Comments (7)

Sirtaki


Estaba sola en casa. Acababa de ver Zorba el Griego y estaba ebria de entusiasmo vital. Buscó inútilmente un sirtaki en el repertorio de temas bajados de e-Mule. La música griega nunca le había interesado, pero necesitaba bailar un ritmo trepidante que le permitiera estirar los brazos, dar saltos, gritar, girar hasta caer mareada. Necesitaba hacer algo grande. Algo insólito. Cruzar alguna línea nunca antes traspasada.

Sentía deseo, pero estaba sola. La idea se le pasó por la cabeza, y justamente cuando iba a descartarla, se recordó a sí misma que había que hacer algo diferente, y que precisamente por eso, la ocurrencia tenía su interés. Abrió el periódico por la sección de contactos y buscó un anuncio: ‘Sólo para mujeres’. Plantó el dedo sobre la foto de un torso masculino depilado y marcó el número que indicaba la publicidad. Una voz dulce de hombre contestó ‘dígame’ al otro lado, pero ella tardó en decir nada, porque de repente tomó conciencia de lo que estaba haciendo y sintió un vértigo paralizante. El corazón le latía tan fuerte que casi no podía escuchar la voz, que ahora repetía:

-‘¿Aló, aló, quién habla?’

Para cuando recuperó el aliento, el otro estaba a punto de cortar la llamada. ‘¿Hola?’ Logró articular, al fin.

‘Sí, aquí Iván. ¿Y vos, cómo te llamás?’, dijo él, tomando el control de la situación.

Ella le dio un nombre falso y su dirección, y, en un ataque de culpabilidad, le repitió tres o cuatro veces que era la primera vez que llamaba a un chico como él. A Iván no pareció importarle. ‘Te voy a volver loca’, contestó, dejándola traspasada de excitación y de terror.

A duras penas tuvo tiempo de darse una ducha, tragarse un vaso de la primera cosa fuerte que encontró entre las botellas y lavarse los dientes para disimular el olor a alcohol. Luego encendió un cigarro y sintió un leve mareo bajo cuyos efectos maldijo en voz muy alta su mala cabeza. En eso sonó el timbre y, apurada de pensar que el otro la hubiera oído, abrió con la idea de darle alguna explicación y cerrarle la puerta en las narices.

Pero Iván tenía un aspecto angelical. Era un muchacho argentino de rasgos indios. Pelo negro, ojos negros, sonrisa blanca y amplia, labios suaves. Muy joven. Veintitrés años, dijo él. Quince menos que ella. Biológicamente, podría haber sido su madre. Pero no lo era, y él no la trató como si lo fuera. ‘Sos una linda mina, ¿Lo sabés? No tengo muchas citas con mujeres como vos’.

Iván le explicó sus tarifas mientras le agarraba las caderas por detrás y le mordisqueaba el cuello y las orejas. Ella estuvo de acuerdo en el precio. Se sentía extraña abandonándose a unas manos totalmente desconocidas, pero quería exactamente eso, y el muchacho era habilidoso. Lo dejó hacer, abriéndose cuando él se lo pedía, diciendo que sí a todo; gritando, jadeando y relamiéndose. Lo pasó muy bien, pero no esperaba que él, al terminar, la abrazara y la acariciara con ternura, ni que le preguntara, besándole delicadamente la punta de la nariz, si le había gustado. Ahí sintió un calor distinto, y rompió a llorar, feliz.

-‘Me ha encantado’.

-‘Sos una reina’.

-Y tú un príncipe…

Él le secó las lágrimas y después rieron los dos y siguieron arrullándose hasta que sonó la alarma de un móvil.

-Tengo que irme, mi reina. Ya sabés que sólo acepto cash…

Ella buscó discretamente en un cajón y sacó la cantidad pactada. El chico cogió los billetes. Un abismo de distancia se abrió entre los dos y él desapareció tras la puerta. Ella estiró los brazos y en su cabeza resonaron los primeros acordes de un sirtaki.

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Wednesday, March 12, 2008

café

En el centro del sofá se sienta la bruja. Su aspecto es mórbido, inofensivo. Sólo un leve brillo de malicia en los ojillos pequeños; sólo la estridencia de un turbante cubriendo el cabello –el resto de la indumentaria es corriente; una falda y un blusón que disimula las carnes- advierten de los peligros de su condición. Mantiene las piernas juntas y juega con las manos sobre el regazo, trenzando y destrenzando los dedos como una niña que intentara recordar la lección que le pregunta el profesor. Pero la voz, que va por sus propios fueros, anuncia en tono chillón que esa noche nos va a decir quién es cada uno. Algunos invitados la miran con desconfianza y otros simplemente la ignoran. Estamos en una fiesta. Nadie ha venido a eso.

Llega la hora de comer algo y la anfitriona distingue a la bruja con un plato diferente al de los otros invitados, indicando con aire misterioso que es un plato especial. Es de vidrio y tiene un dibujo de colores vivos en el fondo. Desde mi posición no acierto a ver qué representa. Da igual. La bruja se sirve una cucharada de ensaladilla rusa y el fondo del plato queda tapado, y luego vuelve a aparecer, a medida que la bruja va apurando la ensaladilla, mientras comenta con su voz estridente que no hay ensaladilla como la del bar Carrasco, que está al lado de su casa, pero que hace cinco años que no la prueba porque no le gusta salir a la calle. Sin embargo, añade, el otro día tuvo que ir sin remedio a arreglar unos papeles y, a la vuelta, los pies la llevaron hasta el Cristo de Medinaceli, del que es muy devota.

-Para ti pedí lo que tú ya sabes, -le dice a la anfitriona con su voz de trompeta mientras le lanza una mirada cómplice. La otra se levanta, coge su bolso y rebusca tres monedas de un céntimo para pagar sus deseos. Sólo encuentra dos. Uno de los invitados, solícito, le brinda el tercer céntimo, pero la anfitriona no lo puede aceptar porque entonces no se le cumplirá el deseo. Finalmente, lo arregla entregándole cinco céntimos al invitado, que, convertido en usurero contra su voluntad, en principio protesta y se guarda la moneda con cara de no entender. La atención crece en torno a la figura de la bruja, que de repente suelta el plato y, tras suspirar con mucho ruido, le pregunta en tono oracular a la persona que tiene al lado cómo le gusta el café.

La interpelada es su vecina en el sofá, y en ese preciso instante lucha por mantener la postura de piernas cruzadas sin rodar hacia la bruja, mucho más pesada que ella, mientras da cuenta de la comida que hay en su plato. Le lanza una mirada sorprendida y decide ser amable:

-Pues… El café me gusta con leche. Bueno, aquí en Málaga tenéis unos nombres de lo más raros para el café. Al cabo de los años he descubierto que el mío es el mitad, que no es exactamente mitad leche y mitad café, sino un pelín más de leche que de café. Y la leche pido siempre que me la pongan mitad fría, mitad caliente.

La invitada termina su explicación con una sonrisa, pero la sonrisa se le congela a medio hacer, porque la bruja la mira con cara de desaprobación y, sin comentar nada, le repite la misma pregunta al siguiente invitado, un chico atractivo sentado sobre la tapa de un baúl, que ha reunido en torno a él a varias mujeres que le sonríen embobadas. El chico explica que a él el café le gusta solo, fuerte, caliente y sin azúcar. El coro femenino jalea su respuesta y la bruja sonríe, también encantada. La invitada que ha hablado primero se muerde el labio inferior. Tal vez haya dicho algo inconveniente…

Uno por uno, la anfitriona y todos sus invitados disertan sobre sus preferencias en materia de café. A ellas les gusta dulce y suave: Americano, sombra, nube o nube pequeña. Una de ellas se confiesa adicta al mitad doble, y la bruja la mira con cara de exasperación. ¿Te das cuenta de lo imposible que es eso del mitad doble? La otra no se da cuenta:

-Pues yo lo tomo cada día…

A los chicos les gusta más intenso: Solo, crema, ristretto; con o sin azúcar.

Al final, la pregunta rodante llega a mí, que confieso que hace tanto que no tomo café, que ya ni recuerdo cómo me gustaba. La bruja me mira preocupada y me dice:

-¿Y eso?

-Es que me sienta fatal. Me ataca los nervios, me tiembla el pulso…

La bruja me clava los ojos, triunfante. Yo, en un intento de salvar los muebles, me deshago en explicaciones:

-¡Pero me entusiasma! Cada vez que huelo el café de mis vecinos saco la cabeza por la ventana del ojopatio para disfrutarlo. A mi novio le encantaba el café fuerte. Se lo hacía él mismo, y en la casa se quedaba un olor tan rico… Hace dos años que me dejó.

La bruja deja de prestar atención a mis explicaciones y proclama con voz solemne de clarín:

-El café, queridos, es el sexo…

El salón estalla en un parloteo mezclado con risas y exclamaciones de asombro. Todos charlan animados. A mí nadie me dirige la palabra. 

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