Monday, March 17, 2008

Sirtaki


Estaba sola en casa. Acababa de ver Zorba el Griego y estaba ebria de entusiasmo vital. Buscó inútilmente un sirtaki en el repertorio de temas bajados de e-Mule. La música griega nunca le había interesado, pero necesitaba bailar un ritmo trepidante que le permitiera estirar los brazos, dar saltos, gritar, girar hasta caer mareada. Necesitaba hacer algo grande. Algo insólito. Cruzar alguna línea nunca antes traspasada.

Sentía deseo, pero estaba sola. La idea se le pasó por la cabeza, y justamente cuando iba a descartarla, se recordó a sí misma que había que hacer algo diferente, y que precisamente por eso, la ocurrencia tenía su interés. Abrió el periódico por la sección de contactos y buscó un anuncio: ‘Sólo para mujeres’. Plantó el dedo sobre la foto de un torso masculino depilado y marcó el número que indicaba la publicidad. Una voz dulce de hombre contestó ‘dígame’ al otro lado, pero ella tardó en decir nada, porque de repente tomó conciencia de lo que estaba haciendo y sintió un vértigo paralizante. El corazón le latía tan fuerte que casi no podía escuchar la voz, que ahora repetía:

-‘¿Aló, aló, quién habla?’

Para cuando recuperó el aliento, el otro estaba a punto de cortar la llamada. ‘¿Hola?’ Logró articular, al fin.

‘Sí, aquí Iván. ¿Y vos, cómo te llamás?’, dijo él, tomando el control de la situación.

Ella le dio un nombre falso y su dirección, y, en un ataque de culpabilidad, le repitió tres o cuatro veces que era la primera vez que llamaba a un chico como él. A Iván no pareció importarle. ‘Te voy a volver loca’, contestó, dejándola traspasada de excitación y de terror.

A duras penas tuvo tiempo de darse una ducha, tragarse un vaso de la primera cosa fuerte que encontró entre las botellas y lavarse los dientes para disimular el olor a alcohol. Luego encendió un cigarro y sintió un leve mareo bajo cuyos efectos maldijo en voz muy alta su mala cabeza. En eso sonó el timbre y, apurada de pensar que el otro la hubiera oído, abrió con la idea de darle alguna explicación y cerrarle la puerta en las narices.

Pero Iván tenía un aspecto angelical. Era un muchacho argentino de rasgos indios. Pelo negro, ojos negros, sonrisa blanca y amplia, labios suaves. Muy joven. Veintitrés años, dijo él. Quince menos que ella. Biológicamente, podría haber sido su madre. Pero no lo era, y él no la trató como si lo fuera. ‘Sos una linda mina, ¿Lo sabés? No tengo muchas citas con mujeres como vos’.

Iván le explicó sus tarifas mientras le agarraba las caderas por detrás y le mordisqueaba el cuello y las orejas. Ella estuvo de acuerdo en el precio. Se sentía extraña abandonándose a unas manos totalmente desconocidas, pero quería exactamente eso, y el muchacho era habilidoso. Lo dejó hacer, abriéndose cuando él se lo pedía, diciendo que sí a todo; gritando, jadeando y relamiéndose. Lo pasó muy bien, pero no esperaba que él, al terminar, la abrazara y la acariciara con ternura, ni que le preguntara, besándole delicadamente la punta de la nariz, si le había gustado. Ahí sintió un calor distinto, y rompió a llorar, feliz.

-‘Me ha encantado’.

-‘Sos una reina’.

-Y tú un príncipe…

Él le secó las lágrimas y después rieron los dos y siguieron arrullándose hasta que sonó la alarma de un móvil.

-Tengo que irme, mi reina. Ya sabés que sólo acepto cash…

Ella buscó discretamente en un cajón y sacó la cantidad pactada. El chico cogió los billetes. Un abismo de distancia se abrió entre los dos y él desapareció tras la puerta. Ella estiró los brazos y en su cabeza resonaron los primeros acordes de un sirtaki.

Posted by Aracne in 19:52:17
Comments

One Response

  1. begoña says:

    Guau… apasionante! me flipan tus aventuras…

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