felicidad
No existe una receta para la felicidad. Si existiera, pasaría lo mismo que con la receta de la paella: cada uno la interpretaría a su arbitrio, y al final todos asegurarían que su fórmula es la buena. Eso, si el resultado fuera algo parecido a un plato de arroz con tropezones. Aunque, si nos gusta y nos alimenta, lo de menos es el nombre que le pongamos al plato. Como si no queremos echar arroz…
***
El hombre entra en el autobús. Es alto, corpulento. Un asomo de barba gris, aspecto descuidado. Hay más asientos libres, pero escoge uno casi en el fondo, al lado de una mujer bastante guapa. La mujer parece una estatua cuando él se sienta al lado. El hombre coloca sobre el regazo una bolsa de supermercado con las asas anudadas y la aplasta con sus manazas hasta hacer salir todo el aire. Luego hace salir todo el aire que lleva en los pulmones diciendo bajito:
-Ahhhhh.
Tras sus enormes gafas de sol, la mujer guapa lo mira de reojo. El hombre vuelve a llenar los pulmones y a vaciarlos varias veces. A medida que se relaja, va ganando espacio, desbordándose en su asiento y comprimiendo a la mujer guapa, apresada entre él y la ventanilla. Casi imperceptiblemente, la mujer se recoloca tratando de alejarse y vuelve un poco la cara hacia el cristal.
-¡Ahora sí que hace calor! -dice el hombre, separando un poco el brazo que pega con su compañera en un intento de darle un codazo amistoso.
-Sí, hace calor, -responde ella, temiendo que el hombre sea un loco con ganas de conversación. Mira de soslayo las manazas sobre la bolsa de supermercado. Son delicadas para su tamaño.
El hombre vuelve a la carga:
-Yo, como ya estoy jubilado…
Parece esperar a que su compañera de asiento responda, pero ella acaba de convertirse en estatua otra vez, y clava los ojos en la ventanilla. El hombre le lanza una mirada suplicante que le traspasa la nuca. La mujer guapa contesta, contra su voluntad:
-Ah, qué bien.
-Sí, trabajé 40 años en un banco. Y ahora, hala, a vivir del cuento…
Ella no contesta.
-A vivir del cuento, -repite-. Ya ve: del cuento.
-Hombre, del cuento, no. Después de trabajar 40 años, lo menos que se puede pedir es que le quede a uno una paga, -dice la mujer con cierto fastidio.
-¡Y ahora, a viajar!
-Bien…
-Yo me quiero ir de viaje, ¿Sabe? Pero con El Corte Inglés. De nadie más me fío. Te meten en un avión y sabe Dios. Sabe Dios adónde te llevan. Te pueden dejar tirado por ahí.
Ella se limita a asentir con la cabeza por compromiso.
-Para primavera bonita, la de París. ¿Conoce París?
-No.
-Yo he ido a París.
Ella levanta las cejas por encima de las gafas de sol fingiendo asombro.
-Precioso París. Precioso. Precioso todo. París es una ciudad muy grande. ¿Ha visto Sabrina, con Audrey Hepburn? En esa película sale París. Yo tengo en casa tres mil películas y quinientos libros. Quinientos libros. Pero me gustan más las películas. Tengo de todo. Documentales, cine clásico, comedias. Yo vivo solo. Si no, no cabríamos en la casa. Así tengo más tiempo para ver películas. Como vivo solo…
La mujer guapa teme que el hombre siga emboscándola en su historia y decide volver a París.
-¿Y es caro, París? –ataja.
-¡Carísimo, me gasté todo el dinero que llevaba! Yo fui en los años setenta. Ahora no sé si es caro, pero me enteraré, porque tengo dos sobrinos que saben inglés. Me los llevo conmigo y me entero de todo. Lo que pasa es que ahora no puedo ir. Tengo muchos gastos. Por las películas.
-Claro…
El hombre mira por la ventanilla y se sobresalta:
-¡Huy, se me ha pasado la parada! Estaba aquí tan a gusto de charla… ¿Cómo se para este cacharro?
-Mire, dele al botón rojo que hay en esa barra de allí y se baja en la próxima parada…
-Me encantaría, pero ya voy un poco tarde. De verdad, se me ha hecho tarde. Y llevo prisa. Tengo que bajarme.
Se levanta bruscamente y grita a toda voz:
- ¡Conductor! ¡Conductor! ¡Conductooooor!
Silencio en el autobús. El conductor aprovecha el primer semáforo para abrir la puerta y dejarlo salir. Antes de bajarse, el hombre se vuelve hacia la mujer y se despide de ella con ademanes de guapo de cine.
-Ha sido un placer, preciosa.
La mujer ve al hombre bajar del autobús. Camina con paso decidido, aferrado a su bolsa de plástico semivacía. Al llegar a un cruce de calles se detiene junto al semáforo, toma aire, desinfla los pulmones diciendo ‘ahhhhh’ y vuelve a respirar hondo:
-¡París!
Ay, qué bien, Aracne… Pensé que la iba a invitar a París y que ella no iba a saber cómo decirle “no, gracias”… Me encanta la guagua y la conversación y tu imán de criaturas exóticas… Gracias, besos,
L.
París ya no es una fiesta (quizá alguna vez, en tiempos inmemoriales, cuando fue liberada), sin embargo, cada vez que voy me gusta un poco más. Me ha encantado. Un beso.
El hombre tenía su encanto, ¿eras tú la mujer guapa?. Cotidiano y sencillo. Genial.
You are very very professional.I dream i could do such a great job as you do.