soñó
Soñó que se volvía transparente. Las manos se tornaban blancas y borrosas como cristal ahumado, y luego hasta se podía ver a través de ellas. La invisibilidad: el sueño de la adolescencia, cuando cualquier encuentro casual era embarazoso. Entonces prefería transitar por las callejuelas malolientes, las oscuras y ruinosas bambalinas del centro, para pasar desapercibido. Nunca le gustó la calle principal, proscenio chillón, agresivo. En cambio, podía pasar horas hormigueando por el mercado. Allí uno se diluía en el bullicio, y los saludos eran breves porque los conocidos terminaban siendo arrastrados por el torrente de gente que se remansaba ante los puestos del pescado, que se estrechaba y dividía entre cubos y pañiles de los vendedores de espárragos y caracoles, de ajos, de madroños, de hierbabuena. Buscavidas que aparecían y desaparecían sin avisar, anunciando el eterno retorno de las estaciones: todo fluye en remolinos convulsos.
El sueño de estar y no estar. De mirar sin ser visto. A menudo, en las calles ruinosas demolían algún edificio viejo, y al fondo del solar quedaba al descubierto un collage de habitaciones pintadas, empapeladas y alicatadas en distintos colores, a veces incluso con algún cuadro olvidado colgando patéticamente de una pared sin sentido. Siempre que veía aquellos murales impúdicos se preguntaba cómo habría sido la vida de quienes habitaron los edificios que se van borrando de la faz de la ciudad, y qué sentirían al pasar, como él, por delante del solar y ver la pared de su salón convertida en tesela de un mosaico inerte.
Lo que ya no está no vive en nuestro recuerdo. Lo que se va, se va. Queda nuestra recreación. La vida es un ir consumiendo y olvidando minutos, hallando y perdiendo, atrapando y dejando ir, un proceso constante de construcción y destrucción que culmina en dejar de ser, en ser transparente, en no dejar rastro, pensó, justo antes de despertar buscándose las manos con angustia.