Wednesday, May 28, 2008

soñó

Soñó que se volvía transparente. Las manos se tornaban blancas y borrosas como cristal ahumado, y luego hasta se podía ver a través de ellas. La invisibilidad: el sueño de la adolescencia, cuando cualquier encuentro casual era embarazoso. Entonces prefería transitar por las callejuelas malolientes, las oscuras y ruinosas bambalinas del centro, para pasar desapercibido. Nunca le gustó la calle principal, proscenio chillón, agresivo. En cambio, podía pasar horas hormigueando por el mercado. Allí uno se diluía en el bullicio, y los saludos eran breves porque los conocidos terminaban siendo arrastrados por el torrente de gente que se remansaba ante los puestos del pescado, que se estrechaba y dividía entre cubos y pañiles de los vendedores de espárragos y caracoles, de ajos, de madroños, de hierbabuena. Buscavidas que aparecían y desaparecían sin avisar, anunciando el eterno retorno de las estaciones: todo fluye en remolinos convulsos.

 

El sueño de estar y no estar. De mirar sin ser visto. A menudo, en las calles ruinosas demolían algún edificio viejo, y al fondo del solar quedaba al descubierto un collage de habitaciones pintadas, empapeladas y alicatadas en distintos colores, a veces incluso con algún cuadro olvidado colgando patéticamente de una pared sin sentido. Siempre que veía aquellos murales impúdicos se preguntaba cómo habría sido la vida de quienes habitaron los edificios que se van borrando de la faz de la ciudad, y qué sentirían al pasar, como él, por delante del solar y ver la pared de su salón convertida en tesela de un mosaico inerte.

 

Lo que ya no está no vive en nuestro recuerdo. Lo que se va, se va. Queda nuestra recreación. La vida es un ir consumiendo y olvidando minutos, hallando y perdiendo, atrapando y dejando ir, un proceso constante de construcción y destrucción que culmina en dejar de ser, en ser transparente, en no dejar rastro, pensó, justo antes de despertar buscándose las manos con angustia.

 

Posted by Aracne in 17:23:31 | Permalink | Comments (6)

carta imposible

Qué difícil escribirte después de tanto tiempo. Qué penoso tener que abordar temas prácticos. La supervivencia no debería tener nada que ver con el amor, pero entonces tal vez al amor no existiría…

En todo caso, qué difícil. Todo tiene que estar tan medido, tan calculado para no sonar agresivo o nostálgico, para no herir sentimientos ni dejar hueco para que hieras los míos… Tiene que estar todo tan milimetrado para que no tengas por dónde agarrarme ni parezca que soy yo la que quiere agarrarte a ti por algún lado, que la tarea se presenta agotadora.

¿Cómo encabezar la carta? La última tuya no tenía encabezamiento. Pasaba directamente al territorio de los ataques, de los malentendidos, de las amenazas. ¿Qué te digo yo ahora? ¿Qué espero que me contestes? Mis palabras no cobrarán sentido hasta que tú las leas, y tendrán sin duda uno distinto a aquel con el que yo las escribí. Por eso son muy necesarias la precisión y la asepsia en el lenguaje.

¿Encabezo con un querido Tal, o con un simple Hola, Tal?

Hola me parece la mejor fórmula. Mejor que no poner nada, mejor que poner demasiado, mejor el gris a caballo entre el blanco y el negro. Y luego paso a decirte lo que necesito decirte, el motivo de mi carta, esos asuntos prácticos que cuelgan aún, incómodos flecos de nuestra historia. Eso que nunca se debería mezclar con el amor, pero cuando amamos nos empeñamos en ser uno, y cuando dejamos de amar volvemos a ser dos, y los flecos que deja el corazón al partirse no están hechos de carne trémula, sino de recibos, facturas y otras miserias.

En fin, el planteamiento de esta parte práctica (¿Pongo antes de meterme en harina un ‘qué es de tu vida’ o mejor un ‘espero que te vaya bien’, que no implica expectación?). Pues bien, el planteamiento de esta parte práctica tiene que ser asertivo pero de ninguna manera interpretable como intimidatorio. ‘Estoy pensando que…’ Es un buen comienzo. Si dijera ‘me gustaría’, me arriesgaría a que adivinaras mi interés en lo que te propongo y me golpearas con un no. Definitivamente, ‘estoy pensando que’ y después ‘querría saber qué te parece a ti’ (o mejor ‘¿Te parece bien si…?’ No, no. Parece que aún tomamos las decisiones a medias, es regresivo).
 

‘Si te parece mejor lo tratamos por teléfono, si quieres hacerlo dime en qué momento te viene bien que te llame’ es una buena transición para un final. ¿Y después? ‘¿Cuídate?’ (‘¿Cuídate y cuida de Toby?’). No, lo de Toby lo suprimimos. Fue el desencadenante de la última bronca, cuando me acusaste de haber querido más al perro que a ti. La verdad es que no era cierto, aunque al menos con él no tenía problemas de comunicación…

Posted by Aracne in 15:53:05 | Permalink | Comments (2)

Tuesday, May 20, 2008

donde nadie llega

Hay una soledad que nadie llena

Un agujero negro donde acaban

Los espejismos breves y la risa

Hay jaurías de hienas al acecho

Las oigo respirándome en la nuca

Y sé que cuando duermo

Recuestan la cabeza en esta almohada

Se enredan silenciosas a las piernas

Devoran con violencia mis entrañas

Y me sacudo en pesadillas tristes

De las que emerjo como de una fosa

De arenas movedizas

Posted by Aracne in 10:36:16 | Permalink | Comments (7)

Tuesday, May 6, 2008

palabras de amor

Te diría que te amo, pero ¿Para qué? En el amor las palabras sólo sirven para convencer o convencerse. Para fingir, para porfiar. En el mejor de los casos, para enfatizar lo obvio. El lenguaje no puede alcanzar a describir lo indescriptible. El lenguaje nunca basta para detener el curso de las cosas. Todas las palabras de amor son fallidas, incluso la palabra amor: demasiado solemnes, ramplonas, pomposas, ridículas.


Te amo mientras escribes en tu ordenador, dándome la espalda a mí, que descanso en tu sofá pequeño para dos, tapada con un saco de dormir, sintiéndome una cosmonauta afortunada. En nuestra burbuja el tiempo está detenido. Afuera no existe la ciudad.


Te amo porque eres libre,  y si te lo dijera no podría evitar estar diciendo “quiero que seas mío”. 
Cuando dejes de escribir me abrazaré a tu cuerpo, y para cuando nos despidamos ya estará todo dicho.

Posted by Aracne in 18:42:15 | Permalink | Comments (7)

hermanos

Encuentro con mi hermano después de meses sin verlo, sin apenas hablar con él. La lejanía de las personas queridas de cuyo amor estamos seguras no representa ninguna angustia. Incluso podemos olvidarlas durante días, semanas, y luego volvemos a verlas y la emoción, la confianza, la complicidad, siguen intactas. Mi hermano y yo estamos conectados por hilos invisibles que van mucho más allá del intercambio de información constante, de la necesidad de actualizar las vivencias. A menudo, cuando viene, disponemos sólo de unas horas para conversar. Las disfrutamos sin angustia, y nos mantienen alimentados hasta el próximo encuentro. Llevamos toda la vida enredados en una única conversación discontinua, donde lo que se dice es lo de menos. Las palabras nos sirven lo mismo que a las hormigas el frote de las antenas: para saber que somos dos hermanos, para reconocernos y seguir nuestro camino, que inevitablemente volverá a cruzarse.

Posted by Aracne in 18:33:18 | Permalink | Comments (2)

mi abuela

Mi abuela nunca le llamó hucha a la hucha. Decía siempre alcancía. “Toma, estas moneditas para que las metas en tu alcancía”. Le gustaban las palabras corpóreas. Lograba que el viento silbara cuando hablaba del viento. Mi abuela de pequeña tenía un limonero, pero envidiaba el naranjo dulce de su hermana mayor. Su hermana mayor se casó con un hombre rico. Mi abuela, con un hombre pobre. Su hermana mayor no tuvo hijos. Mi abuela tuvo once.

Mi abuela decía que había empezado a vivir después de enviudar, aunque en presencia de sus hijos aseguraba que se había casado con el hombre más bueno de la Tierra. Para mi abuela, la máxima transgresión era fumar tabaco negro y decir palabrotas jugando a las cartas. Cuando ya no pudo fumar ni jugar a las cartas, cuando no pudo levantarse más de su sillón, maldijo a toda la profesión médica por no tener cura para su dolencia. Al final de su vida se empeñó en recibir diariamente la visita de un sacerdote, y cuando lo escuchaba llegar por el pasillo, repasaba su peinado en el espejo de la polvera. Mi abuela presumía de haber sido guapa de joven, pero yo nunca la creí porque la conocí vieja.

Al entierro de mi abuela acudió un personaje misterioso. Un dandy octogenario con el cabello blanco peinado hacia atrás y un pañuelo de seda sobre las arrugas del cuello. Con exquisitas maneras, pidió permiso a la familia y pasó frente al catafalco. Puso encima una rosa y, al retirarse, me susurró: “no ha existido mujer más bella”. No tuve valor para preguntarle quién era.

Posted by Aracne in 18:22:37 | Permalink | Comments (7)