Monday, March 17, 2008

Sirtaki


Estaba sola en casa. Acababa de ver Zorba el Griego y estaba ebria de entusiasmo vital. Buscó inútilmente un sirtaki en el repertorio de temas bajados de e-Mule. La música griega nunca le había interesado, pero necesitaba bailar un ritmo trepidante que le permitiera estirar los brazos, dar saltos, gritar, girar hasta caer mareada. Necesitaba hacer algo grande. Algo insólito. Cruzar alguna línea nunca antes traspasada.

Sentía deseo, pero estaba sola. La idea se le pasó por la cabeza, y justamente cuando iba a descartarla, se recordó a sí misma que había que hacer algo diferente, y que precisamente por eso, la ocurrencia tenía su interés. Abrió el periódico por la sección de contactos y buscó un anuncio: ‘Sólo para mujeres’. Plantó el dedo sobre la foto de un torso masculino depilado y marcó el número que indicaba la publicidad. Una voz dulce de hombre contestó ‘dígame’ al otro lado, pero ella tardó en decir nada, porque de repente tomó conciencia de lo que estaba haciendo y sintió un vértigo paralizante. El corazón le latía tan fuerte que casi no podía escuchar la voz, que ahora repetía:

-‘¿Aló, aló, quién habla?’

Para cuando recuperó el aliento, el otro estaba a punto de cortar la llamada. ‘¿Hola?’ Logró articular, al fin.

‘Sí, aquí Iván. ¿Y vos, cómo te llamás?’, dijo él, tomando el control de la situación.

Ella le dio un nombre falso y su dirección, y, en un ataque de culpabilidad, le repitió tres o cuatro veces que era la primera vez que llamaba a un chico como él. A Iván no pareció importarle. ‘Te voy a volver loca’, contestó, dejándola traspasada de excitación y de terror.

A duras penas tuvo tiempo de darse una ducha, tragarse un vaso de la primera cosa fuerte que encontró entre las botellas y lavarse los dientes para disimular el olor a alcohol. Luego encendió un cigarro y sintió un leve mareo bajo cuyos efectos maldijo en voz muy alta su mala cabeza. En eso sonó el timbre y, apurada de pensar que el otro la hubiera oído, abrió con la idea de darle alguna explicación y cerrarle la puerta en las narices.

Pero Iván tenía un aspecto angelical. Era un muchacho argentino de rasgos indios. Pelo negro, ojos negros, sonrisa blanca y amplia, labios suaves. Muy joven. Veintitrés años, dijo él. Quince menos que ella. Biológicamente, podría haber sido su madre. Pero no lo era, y él no la trató como si lo fuera. ‘Sos una linda mina, ¿Lo sabés? No tengo muchas citas con mujeres como vos’.

Iván le explicó sus tarifas mientras le agarraba las caderas por detrás y le mordisqueaba el cuello y las orejas. Ella estuvo de acuerdo en el precio. Se sentía extraña abandonándose a unas manos totalmente desconocidas, pero quería exactamente eso, y el muchacho era habilidoso. Lo dejó hacer, abriéndose cuando él se lo pedía, diciendo que sí a todo; gritando, jadeando y relamiéndose. Lo pasó muy bien, pero no esperaba que él, al terminar, la abrazara y la acariciara con ternura, ni que le preguntara, besándole delicadamente la punta de la nariz, si le había gustado. Ahí sintió un calor distinto, y rompió a llorar, feliz.

-‘Me ha encantado’.

-‘Sos una reina’.

-Y tú un príncipe…

Él le secó las lágrimas y después rieron los dos y siguieron arrullándose hasta que sonó la alarma de un móvil.

-Tengo que irme, mi reina. Ya sabés que sólo acepto cash…

Ella buscó discretamente en un cajón y sacó la cantidad pactada. El chico cogió los billetes. Un abismo de distancia se abrió entre los dos y él desapareció tras la puerta. Ella estiró los brazos y en su cabeza resonaron los primeros acordes de un sirtaki.

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Wednesday, March 12, 2008

café

En el centro del sofá se sienta la bruja. Su aspecto es mórbido, inofensivo. Sólo un leve brillo de malicia en los ojillos pequeños; sólo la estridencia de un turbante cubriendo el cabello –el resto de la indumentaria es corriente; una falda y un blusón que disimula las carnes- advierten de los peligros de su condición. Mantiene las piernas juntas y juega con las manos sobre el regazo, trenzando y destrenzando los dedos como una niña que intentara recordar la lección que le pregunta el profesor. Pero la voz, que va por sus propios fueros, anuncia en tono chillón que esa noche nos va a decir quién es cada uno. Algunos invitados la miran con desconfianza y otros simplemente la ignoran. Estamos en una fiesta. Nadie ha venido a eso.

Llega la hora de comer algo y la anfitriona distingue a la bruja con un plato diferente al de los otros invitados, indicando con aire misterioso que es un plato especial. Es de vidrio y tiene un dibujo de colores vivos en el fondo. Desde mi posición no acierto a ver qué representa. Da igual. La bruja se sirve una cucharada de ensaladilla rusa y el fondo del plato queda tapado, y luego vuelve a aparecer, a medida que la bruja va apurando la ensaladilla, mientras comenta con su voz estridente que no hay ensaladilla como la del bar Carrasco, que está al lado de su casa, pero que hace cinco años que no la prueba porque no le gusta salir a la calle. Sin embargo, añade, el otro día tuvo que ir sin remedio a arreglar unos papeles y, a la vuelta, los pies la llevaron hasta el Cristo de Medinaceli, del que es muy devota.

-Para ti pedí lo que tú ya sabes, -le dice a la anfitriona con su voz de trompeta mientras le lanza una mirada cómplice. La otra se levanta, coge su bolso y rebusca tres monedas de un céntimo para pagar sus deseos. Sólo encuentra dos. Uno de los invitados, solícito, le brinda el tercer céntimo, pero la anfitriona no lo puede aceptar porque entonces no se le cumplirá el deseo. Finalmente, lo arregla entregándole cinco céntimos al invitado, que, convertido en usurero contra su voluntad, en principio protesta y se guarda la moneda con cara de no entender. La atención crece en torno a la figura de la bruja, que de repente suelta el plato y, tras suspirar con mucho ruido, le pregunta en tono oracular a la persona que tiene al lado cómo le gusta el café.

La interpelada es su vecina en el sofá, y en ese preciso instante lucha por mantener la postura de piernas cruzadas sin rodar hacia la bruja, mucho más pesada que ella, mientras da cuenta de la comida que hay en su plato. Le lanza una mirada sorprendida y decide ser amable:

-Pues… El café me gusta con leche. Bueno, aquí en Málaga tenéis unos nombres de lo más raros para el café. Al cabo de los años he descubierto que el mío es el mitad, que no es exactamente mitad leche y mitad café, sino un pelín más de leche que de café. Y la leche pido siempre que me la pongan mitad fría, mitad caliente.

La invitada termina su explicación con una sonrisa, pero la sonrisa se le congela a medio hacer, porque la bruja la mira con cara de desaprobación y, sin comentar nada, le repite la misma pregunta al siguiente invitado, un chico atractivo sentado sobre la tapa de un baúl, que ha reunido en torno a él a varias mujeres que le sonríen embobadas. El chico explica que a él el café le gusta solo, fuerte, caliente y sin azúcar. El coro femenino jalea su respuesta y la bruja sonríe, también encantada. La invitada que ha hablado primero se muerde el labio inferior. Tal vez haya dicho algo inconveniente…

Uno por uno, la anfitriona y todos sus invitados disertan sobre sus preferencias en materia de café. A ellas les gusta dulce y suave: Americano, sombra, nube o nube pequeña. Una de ellas se confiesa adicta al mitad doble, y la bruja la mira con cara de exasperación. ¿Te das cuenta de lo imposible que es eso del mitad doble? La otra no se da cuenta:

-Pues yo lo tomo cada día…

A los chicos les gusta más intenso: Solo, crema, ristretto; con o sin azúcar.

Al final, la pregunta rodante llega a mí, que confieso que hace tanto que no tomo café, que ya ni recuerdo cómo me gustaba. La bruja me mira preocupada y me dice:

-¿Y eso?

-Es que me sienta fatal. Me ataca los nervios, me tiembla el pulso…

La bruja me clava los ojos, triunfante. Yo, en un intento de salvar los muebles, me deshago en explicaciones:

-¡Pero me entusiasma! Cada vez que huelo el café de mis vecinos saco la cabeza por la ventana del ojopatio para disfrutarlo. A mi novio le encantaba el café fuerte. Se lo hacía él mismo, y en la casa se quedaba un olor tan rico… Hace dos años que me dejó.

La bruja deja de prestar atención a mis explicaciones y proclama con voz solemne de clarín:

-El café, queridos, es el sexo…

El salón estalla en un parloteo mezclado con risas y exclamaciones de asombro. Todos charlan animados. A mí nadie me dirige la palabra. 

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Monday, December 10, 2007

cuatro losetas

Todo empezó el día que comentó con él que haría falta poner un sofá en el salón, junto a la ventana.

 

-Cabe perfectamente uno de tres plazas. Ya he medido el espacio, -dijo ella.

 

-¿Y para qué necesitamos un sofá?, -dijo él, sin levantar la cabeza del ordenador.

 

-Para cuando viene gente. Es muy incómodo tener que estar siempre sentados en la mesa de comedor. Y para tumbarme yo a leer aquí contigo mientras trabajas…

 

Se acercó por detrás a la silla de despacho, le acarició el pelo y le masajeó el cuello. Él volvió la cabeza hacia arriba y le dedicó una sonrisa cansada.

 

-No me parece un buen momento para comprar un sofá, -le respondió, alzando una mano para posarla un segundo bajo la barbilla de ella y volver a bajarla rápidamente.

 

-Pero este mes no va mal la cosa…

 

-Pero ya sabes cómo es esto. Este mes ha ido bien pero me puedo pasar meses sin volver a publicar, y estamos llegando a una edad en la que nos conviene tener algo ahorrado. Aquí no entra nada más que lo mío.

 

-Sí, pero te negaste a coger la plaza que te ofrecieron en la Universidad.. .

 

-Sí, me niego a coger una plaza en la Universidad , y me niego a muchas otras cosas. Soy consecuente con mis ideas. ¿Toda la vida rajando de los aburguesados y ahora necesitamos un sofá?

 

-Bueno, yo agradecería tener un sofá. No sé si eso sería muy indigno de la mujer de un gurú de la decencia.

 

-Pili, ¿Lo dejamos? zanjó él con voz suave, levantándose de la silla y cogiéndole la cara con las dos manos. Mira, remato este texto y nos bajamos a la calle a tomar unos vinos. ¿Vale? Tengo para dos horas.

 

Le dio un beso rápido en la boca y apoyó la frente contra la de ella durante unos segundos mientras le apretaba las manos. Luego se desasió y volvió a sentarse.

 

Pili cogió un libro y se sentó en su silla de la mesa de comedor. Antes de abrir el libro miró al suelo. La silla en la que se sentaba ocupaba cuatro losetas. Menos de un metro cuadrado. La estancia tenía unos cincuenta. La cocina y el salón estaban unidos. Los espacios se demarcaban con estanterías a modo de tabiques. Estanterías llenas de libros de él. Junto al gran ventanal de lo que tendría que ser el salón estaba instalada la mesa de trabajo de Eduardo. Alrededor se levantaban pilas de periódicos y revistas que él revisaba en busca de noticias que convertir en cuentos. Antes Pili le ayudaba en esa tarea de búsqueda, pero en los últimos tiempos él había dejado de pedirle consejo u opinión, y cuando ella apuntaba alguna cosa en referencia a su trabajo Eduardo solía responder con condescendencia. Ella era una mujer de cultura media. Había ciertas sutilezas intelectuales que se le escapaban, pero conocía bien al Eduardo acobardado, inseguro de su talento, y ella se encargaba de cuidar a ese Eduardo, de atender a todas las cuestiones mundanas para que él pudiera concentrarse en su trabajo; de hablarle en los momentos de crisis como le hablaría una madre a su hijo de cinco años para que el otro Eduardo, el ser brillante al que todos admiraban, pudiera brillar.

 

 

Sobre la mesa de comedor había otro libro. Era un voluminoso catálogo de fotografía que él había traído de su último viaje a Nueva York. El libro estaba aún envuelto en plástico, y sobre el plástico, la etiqueta con el precio: 110 dólares. La mitad de lo que costaba el sofá que ella había marcado con un círculo en el catálogo del Palacio del Mueble que recogió del buzón. Los libros eran otra herramienta de trabajo para Eduardo. Y la cámara digital que se había traído de Tokio. Los CDs eran su único vicio. Había cuatro torres de un metro y medio de altas en el salón. Todos los había comprado Eduardo. Todos menos uno de María Dolores Pradera que compró ella, y que escuchaba obsesivamente cuando él estaba fuera.

 

Cuando él estaba fuera, Pili ocupaba igualmente cuatro losetas dentro de la casa, salvando el tiempo que pasaba en la cocina, que era mucho, porque a ella le gustaba hacerlo todo en casa, hasta el pan y las conservas. Al fin y al cabo, tenía todo el tiempo del mundo. Antes no. Antes él quería que ella lo acompañara a todas partes. Hasta dejó su trabajo para seguirlo, hace diez años, cuando le dieron la plaza de profesor invitado en la Sorbona. Cinco años en París y vuelta a España, convertido en una autoridad. Pili siempre había sabido que llegaría a ser importante. Nadie, ni él mismo, creía en su talento más que ella. Se habían conocido en la Facultad. Eduardo ya era el alumno más brillante del curso, y Pili, poseedora de una belleza arrolladora, tuvo muchas menos dudas de lo que le hizo ver cuando él le pidió que salieran.

 

Pili volvió la vista hacia Eduardo, absorto en la pantalla del ordenador. Miró el hueco en el que encajaría su sofá y se preguntó dónde estaban sus cosas en esa casa. Tenía una parte del armario, la mitad de la cama, una de las dos baldas del baño, uno de los dos sillones de la diminuta salita de la tele y cuatro losetas en el salón.

 

Eduardo terminó el texto media hora después de lo previsto. Se levantó de la silla, apagó la pantalla y arrastró una de las pilas de periódicos que había en la habitación hasta el hueco del sofá. Sin saber muy bien por qué, Pili sintió como si todo el peso de los periódicos apilados hubiera sido depositado sobre su esternón.

 

-¿Por qué haces eso?

 

-¿Por qué hago qué?, -dijo Eduardo.

 

-Pasar los periódicos al hueco del sofá…

 

-¿Qué sofá? Los estoy quitando del paso para que podamos movernos por aquí.

 

-Querrás decir para que puedas moverte. Yo cada vez tengo menos sitio aquí.

 

-¿No estarás un poquito hormonal? –Preguntó él con toda la suavidad posible.

 

-¡Estoy totalmente hormonal!, -Chilló ella. -¡Estoy en plena menopausia, y me duelen los huesos de pasarme la vida sentada en una silla!

 

-¿Y por qué no te sientas en el sillón de la salita?

 

-¿Y por qué no trasladamos ahí tu estudio? Ahí no cabe un sofá. ¡No cabe ni la puñetera mesa de trabajo! Caben esos dos sillones de diseño que son un potro de tortura. Gracias, prefiero esta silla. Mi espalda lo agradece, y así de vez en cuando veo tu cara entre viaje y viaje.

 

Eduardo no dijo nada. Entró un momento en el baño, cogió del armario del cuarto una cazadora de cuero y su pañuelo para el cuello, comprobó que hubiera dinero en la cartera y, con la voz más dulce que fue capaz de sacar, dijo:

 

-Soy todo tuyo. ¿Vamos al bar de tu amiga Pepa?

 

Pili dudó un momento. Estaba rabiosa, pero al día siguiente Eduardo se marchaba a la Feria del Libro de Frankfurt. Tenía por delante una semana de soledad. Además, la estaba mirando de aquella manera que, no sabía por qué razón, le hacía perdonarle cualquier cosa.

 

-¿Has terminado de hacer la maleta? Te dejé las camisas planchadas encima de la cama…

 

-Sí, mi amor. Todo preparado. Tenemos tiempo para una despedida por todo lo alto.

 

Se fueron a la calle. Era jueves por la noche, pero el centro estaba animado como si fuera sábado. El bar de Pepa, hasta los topes. El negocio estaba en racha, les explicó la amiga sonriente, mientras le lanzaba guiños a Bruno, el camarero. Bruno, un morenazo argentino que no llegaría ni a los 30 años, le sonreía mansamente. En un momento en que Eduardo entró al baño, Pepa le explicó a Pili que el encuentro con Bruno le había devuelto la vida.

 

-De Mario no me acuerdo más que cuando me llegan sus cartas del banco. ¡En buena hora lo facturé! Y mira que me costó. Claro, toda la vida con él… ¡Si es que yo no conocía otra cosa! Mira, cuando quedé por primera vez con este muchacho y apareció con su rosa en la mano, de pronto pensé lo que me había estado perdiendo todos estos años. Yo, venga a sacrificarme por Mario. ¡El artista! El artista era un pedazo de egoísta, ¿Sabes? Que si el grupo, que si los ensayos, que si las giras, que si una guitarra nueva, que si ahora cómo nos vamos a ir de vacaciones. Y las periquitas todo el día llamando a mi casa. Y yo, tragando. Convenciéndome de que en realidad él me quería a mí. Y luego el número que me montó cuando le dije que lo dejaba: “No me hagas eso, Pepa, que yo sin ti me muero” ¿Morirse? ¡A las dos semanas me lo encontré de la mano de la guarra ésa que le hace los coros en el grupo! Y ahí fue cuando decidí que yo no iba a ser menos. Me apunté a un taller de Crecimiento Personal, a clases de salsa, a Pilates. A un bombardeo me hubiera apuntado. Y entonces conocí a Bruno.

 

Pepa lanzó una risotada triunfal justo en el instante en que Eduardo volvía del servicio. Sonriendo, le pellizcó la barbilla y dijo:

 

-¡Ay, amor! ¡Si es que como tú no hay más que uno! -Y, acercando la cabeza a Pili:

 

-Créeme, reina, que los hombres sólo valen la pena cuando son como el tuyo. Devotos y consecuentes. Porque ahora está feo decir abiertamente que uno es machista, pero a la hora de cumplir, primero yo y luego yo también. Menos Eduardo, que es de lo que no hay. Por cierto, Eduardo, leí en el periódico tu artículo sobre La Violencia de Género y los Modelos de la Televisión. Estoy totalmente de acuerdo con todo lo que dices. ¿Queréis beber algo más? Os invito a un gin tonic especial. Los prepara Bruno, con hielo granizado y zumo de lima natural.

 

Eduardo apretó cariñosamente el brazo de Pepa, que se alejaba como un torbellino, y volvió a sentarse. Pili se había quedado callada, como ausente. Él le preguntó si le pasaba algo:

 

-Si es por el sofá, no te preocupes. En cuanto cobre un extra lo compramos…

 

-No es por el sofá. Es que a veces me siento muy sola. Tú estás siempre yéndote.

 

-¿Y te crees que me gusta estar siempre dando tumbos de aeropuerto en aeropuerto? Hay veces que me despierto a medianoche y tengo que pensar un rato dónde estoy. De las ciudades donde paro sólo veo el trayecto entre la sala de conferencias y el hotel. Y nunca tengo tiempo para hacer lo que de verdad me gusta, que es escribir. Pero las conferencias y los seminarios son lo que nos da de comer, y lo que hace que los editores no se olviden de mí.

 

-Ya, pero antes por lo menos iba contigo. Ahora me quedo aquí, más sola que la una.

 

-Pues vente conmigo. De vez en cuando nos lo podemos permitir, aunque sea a costa de renunciar a otros lujos. ¿Adónde quieres venirte?

 

-No sé. A Budapest, en Mayo. Me haría ilusión.

 

-Bueno, pues mañana llamas y haces la reserva. Pero te advierto que es un seminario de cuatro días en la Universidad. Si quieres hacer turismo vas a tener que montártelo tú sola.

 

-¿Pero no iba Silvia, la mujer de Enzo Conticello?

 

-Sí, pero ella ya no va de acompañante, sino de ponente. ¿No te conté que había ganado el Premio Moravia con su primera novela?

 

-Ah, vaya, de modo que ha entrado en el Club de los Astros… Si no puedes luchar contra ellos, únete a ellos…

 

-Bueno, que yo sepa ella siempre ha sido escritora. Y bastante mejor que Enzo, por lo que le he leído. Pero si crees que lo ha hecho para entrar en la pomada, no sé a qué esperas para escribir tú también.

 

-Claro, yo podría escribir las Memorias de la Mujer de un Genio, pero no se me da escribir, y aparte, la vida de la mujer de un genio no tiene más emoción que la vida de un champiñón.

 

Eduardo levantó la cara sonriendo. No le sonreía a Pili, sino a Pepa, que llegaba cargada con tres gin tonics servidos en copas de globo.

 

-¿Interrumpo algo? Mi muchacho me dice que me tome un descanso, que él se encarga de la barra. Es un encanto. ¿Verdad? -Se sentó al lado de Eduardo e inició un parlamento insoportable acerca de cómo había cambiado su vida en los últimos meses. El taller de Crecimiento Personal la había ayudado a encontrarse consigo misma. El Pilates le había quitado de encima siete kilos, y el sexo con Bruno, diez años.

 

-Eduardo y yo en la cama nos entendemos de maravilla. De hecho, si no fuera por el sexo, no sé qué habría sido de nosotros, -dijo Pili, apretando la rodilla de su hombre, que le devolvió una sonrisa incómoda, pero aceptó sin protestar que ella pidiera otro gin tonic, y luego otro más (“el último, mi amor, que te tengo que despedir como Dios manda antes de que te vayas, que las niñatas que van a tus seminarios te miran como lobas”), y así hasta que cerraron el bar.

 

Y al final no hubo despedida inolvidable, porque llegaron a casa demasiado borrachos hasta para desvestirse. Eduardo programó la alarma del móvil, se tomó un antiácido y un par de pastillas para el dolor de cabeza del día siguiente, arropó a Pili y se durmió en el filo de la cama, intentando no rozarla para que no se despertara.

 

Le pareció que acababa de cerrar los ojos cuando sonó la alarma. Pili se levantó al mismo tiempo que él. Eduardo intentó convencerla de que siguiera durmiendo, pero a ella le gustaba cumplir sus ritos. Se fue a la cocina, aún medio borracha, y, mientras él se duchaba y se vestía, le preparó un café cargado con una cortecita de limón. El sol entraba inclemente por el ventanal del salón, haciendo refulgir una nube de diminutas motas de polvo, y Pili pensó que ahora que iba a estar sola una semana, aprovecharía para hacer una limpieza a fondo del estudio. Tal vez no fuera mala idea buscar unos estores de alguna tela clara. Eso le daría un toque más hogareño a la estancia. Y, aunque el sofá podía esperar, cambiaría de sitio las pilas de periódicos. Ya encontraría un hueco donde no estorbasen. Ella era especialista en administrar la escasez. “Eres una mujer para un pobre”, decía su abuela. Y la mujer nunca supo hasta qué punto tenía razón.

 

Eduardo salió de la ducha, la besó en la frente, se bebió el café de un tirón, se lavó los dientes y cogió la maleta.

 

-¿No quieres que te acompañe al aeropuerto?

 

-Mujer, si tuvieras que acompañarme cada vez…

 

-¿A la parada de taxis?

 

-Si no estás vestida… Mira, van a ser sólo siete días. Luego tengo un hueco hasta el siguiente bolo. Si quieres nos vamos al Cabo de Gata y nos tiramos cuatro días en la playa. ¿Hace?

 

-Vale, pero sin portátil…

 

-Bueno, sin portátil podrán ser sólo dos días, pero lo negociamos a la vuelta. ¿Vas a estar bien?

 

-Sí.

 

-¿Lo prometes? Se me hace duro dejarte después de anoche…

 

-No me hagas caso. Ejerzo mi derecho al pataleo. Eres lo mejor que tengo… En el fondo lo que me da miedo es que un día te enamores de una de tus alumnas y me dejes.

 

-Ven aquí, -dijo él, y la abrazó con todas sus fuerzas. -¿Cómo podría yo dejarte?

 

-No sé, siempre rodeado de gente interesante, de mujeres con las que puedes hablar de cosas de las que no puedes hablar conmigo…

 

-Tú me das otras cosas. Tú eres mi hogar.

 

Pili se echó a llorar.

 

-Vamos, no te pongas así justo cuando estoy saliendo por la puerta…

 

-Perdona, -dijo ella secándose los ojos con el revés de la mano. –Ya se me pasa. No llegues tarde.

 

Volvieron a besarse y Eduardo abrió la puerta y llamó al ascensor. Mientras esperaban, Pili le preguntó:

 

-¿Llevas el móvil?

 

Él se tanteó los bolsillos.

 

-Sí.

 

-Mándame un mensaje cuando llegues.

 

Eduardo volvió a decir que sí desde el ascensor.

 

-¡Llámame esta noche!

 

Ya no contestó. Pili oyó cómo el ascensor se detenía en el primer piso. Corrió al ventanal del estudio y lo vio salir arrastrando su maleta de ruedas. Él, como siempre, volvió la cabeza hacia arriba y le hizo un gesto de adiós con la mano. Ella le lanzó un beso. Luego cerró la ventana y fue a la cocina para prepararse el desayuno. Se tomó también un antiácido y pastillas para el dolor de cabeza. Luego se dio una ducha, se vistió, tomó las medidas del ventanal del salón y se fue a la calle. Volvió a casa cargada con los estores y, de pie en la cocina, almorzó las sobras que había en la nevera. Cuando estaba Eduardo siempre guisaba de más. Aunque estaba cansadísima, decidió no reposar delante de la tele. Cogería los útiles de limpieza y culminaría la operación salón esa misma tarde. Así por la noche caería rendida. La primera noche sin Eduardo siempre le dejaba una sensación de soledad que le daba vértigo.

 

Pili limpió el salón hasta dejarlo reluciente. Con infinito cuidado para no desordenar nada, fue levantando las pilas de libros y papeles que había sobre la mesa de Eduardo, y limpiando con un trapo del polvo. Luego se subió a una escalera de mano y colgó los estores. Por último, posó la vista sobre las pilas de periódicos y empezó a trasladarlas a otro rincón, justo delante de la única estantería que contenía sus propios libros. Total, ella sólo leía novelas, y una vez leídas, las novelas no tenían utilidad.

 

En un momento del traslado, del interior de una revista cayó la tarjeta de embarque de un vuelo Nueva York-Madrid, que estaba puesta a modo de señalador. Al ir a dejarla en la página de la que se había caído, Pili reparó en que dentro había una hojita doblada. Estuvo a punto de no abrirla, pero algo le hizo desplegarla. Dentro, una nota breve, escrita en italiano: “Amore, anch’ io ti aspetto. Ti aspetto sempre, lo sai… Ci ritroviamo a Frankfurt. Silvia”.

 

Pili no sabía italiano. Daba igual. Había entendido. Sintió que las piernas se le volvían blandas, incapaces de sostener su peso. Sintió un retortijón en la barriga. Sintió que le faltaba el aire. Con la nota arrugada en la mano, buscó su silla en la mesa de la cocina y se sentó. Miró al suelo y vio las cuatro losetas sobre las que se sentaba y, alrededor, toda la casa desplomándose.

 

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Thursday, November 22, 2007

El electricista

Abrí la puerta y allí estaba el electricista: Sin gafas. La primera vez que vino las llevaba puestas. Le daban un aire serio. Tampoco llevaba uniforme de faena, sino unos pantalones vaqueros y una camiseta de algún color alegre que señalaba que debajo había un torso y unos brazos fuertes. Tenía que retirar una maraña de cables que el anterior dueño de la casa (en adelante, Mc Gyver) había dejado colgando por todas partes. Por lo que se ve, a Mc Gyver le gustaba ver la tele en todas las habitaciones; y hablar por teléfono desde cualquier rincón, y enchufar setecientos aparatos, y claro, la red eléctrica convencional de las casas tiene sus limitaciones, pero por lo visto a él esas limitaciones nunca le hicieron desistir de sus propósitos dilapidadores de energía. Yo sólo tengo una tele, una estufa, un PC, un secador de pelo que apenas uso y una cuenta de electricidad más abultada de lo que querría. Y, hasta hoy, tenía miedo de que alguno de los nidos de cables que colgaban del techo terminaran sirviendo de hogar a murciélagos o gaviotas, bichos que no es agradable tener demasiado cerca. El electricista es empleado de mi tío Santiago (en adelante, El Solucionador), que un día vino a casa a cambiarme el fluorescente de la cocina acompañado del muchacho y, al descubrir los cables colgando, le dijo:
 

-Fede, un día te llegas por aquí y le arreglas este desastre a mi sobrina.
 

Yo me quise morir, igual que cuando mi tío el médico me cuela en el hospital para hacerme una analítica y tengo que atravesar una sala de espera abarrotada con la sensación de llevar escrito en la frente: “ENCHUFADA”. Pero mi tío El Solucionador, haciendo caso omiso de mi cara de apuro, le dictó al electricista el número de mi teléfono móvil en voz muy alta, y el otro lo copió sin decir nada. A los dos días, Fede me estaba llamando para venir a quitarme los cables sueltos. Yo le di largas porque la situación me resultaba incómoda. Fede insistió, y entonces me sentí aún peor, y le dije que podía venir con la condición de que me cobrara el trabajo. Pareció ofenderse:

-Este asunto lo arreglamos entre tu tío y yo -dijo, muy serio.

Y como ya no supe de qué asunto hablaba, me sentí un poco damisela rescatada y dije que vale, que el lunes. Y ahí estaba él, sin gafas, morenito, con una camiseta que marcaba pectorales y unos buenos bíceps y, sí, de eso me acordaba, un pendiente diminuto en la oreja. Le sonreí, coqueta. Él también sonrió. Nos dimos dos besos, lo invité a dejar el casco de la moto en cualquier parte y le pregunté si quería tomar algo frío. Contestó que no y salió a la azotea para empezar a desconectar cables inútiles. Cuando encontraba alguno sospechoso, me decía que tirase yo de él desde dentro de la casa, para ver adónde iba. Poco a poco fuimos desmontando las telarañas de PVC que a estas alturas constituían uno de los últimos rastros del paso de Mc Gyver por la casa que ahora es mía y sólo mía.

A Fede le había tocado el trabajo más duro en la tarea de la retirada de cables, porque sobre la azotea caía un sol achicharrante, y sudaba como un pollo. Yo ya le había advertido que tal vez las cuatro y media de la tarde no fuera muy buena hora para ponerse a cortar cables, y se lo volví a decir una vez más.
 

-Tú también estás sudando –observó él, y yo sentí un pellizco en el estómago, porque en efecto, un hilillo de sudor resbalaba desde mi cuello, escote abajo, y empezaba a empapar la camiseta de tirantes. Sonreí y dije:

-Sí, voy a buscar agua…

-¡Fría! –gritó él mientras me alejaba, sofocada.

Volví con el agua y Fede ya había quitado todos los cables. Observé que había cortado también el de la antena de la tele. Se apuró mucho. Intenté restarle importancia al incidente:

-De todas formas, nunca dan nada interesante…

-No es verdad. Algunas veces sí ponen cosas interesantes –repuso él, compungido. Y, para compensarme, propuso quitar de la pared un par de viejas antenas parabólicas en desuso, una de ellas seguramente de la NASA , a juzgar por el tamaño. Pero las antenas estaban clavadas a la pared a pocos centímetros de la barandilla del balcón.

-No, eso sí que no. ¿Y si te caes?

-Si me caigo, prométeme que pones el piso en venta. Significaría que está maldito o algo…

Qué ternura, alguien que se preocupa por una más allá de la muerte… El muchacho me clavó dos ojos muy negros y una sonrisa amplia y añadió:

-Pero necesito que me ayudes…

-¿Qué tengo que hacer?

-Ponte aquí, al lado de la escalera, y mantenla bien fija al suelo mientras esté subido.

Retiramos las macetas. Comentó que le gustaba ver esa azotea tan llena de plantas, y que suponía que el mérito era mío. Me contuve para no confesarle que, en realidad, cuando Marino vivía aquí, había muchas más macetas, casi todas sembradas de marihuana. Me alegró no llegar a decir nada, porque cuando salí del embeleso de admirar su cuerpo tenso ascendiendo por la escalera portátil, me estaba explicando que era jugador de balonmano.


Deportista. Mira tú por dónde. Le di bola contándole que había sido nadadora, mientras sujetaba con un brazo y un pie la escalera e, instintivamente, agarraba su muslo para evitar la caída de aquel cuerpo hermoso por el balcón. Son seis pisos… Cuando la primera de las antenas se desprendió de la pared, de algún tubo hueco cayó un chorro de agua tan sucia que parecía tinta china. Parte del agua se derramó sobre mi cuerpo y lo pintó de un negro inverosímil. La camiseta era oscura, pero la minifalda no, y estaba totalmente tiznada, lo mismo que los zapatos. Bajé la antena al suelo y corrí al otro lado de la azotea en busca de la manguera, mientras que Fede, apuradísimo, me pedía disculpas.

-No te preocupes –dije, dirigiendo el chorro hacia los pies, hacia las piernas, hacia la falda. De repente me sentí muy coqueta y apunté hacia él.

-¿Quieres unirte al baño? –pregunté.

-Todavía no –dijo, sosteniendo en alto sobre la escalera la parabólica gigante, a punto de desprenderse de la pared después de un forcejeo intenso.

Dejé la manguera en el suelo y corrí de nuevo a ayudarle. Aunque pesaba muchísimo, sostuve la antena gigante sobre los brazos, en pose de finalista olímpica de halterofilia, mientras él saltaba de la escalera para descargarme. Acabamos los dos inclinados sobre la antena, cabeza con cabeza, orgullosos del esfuerzo que habíamos hecho y del feliz final obtenido. Dos parabólicas arrancadas de la pared. Ningún muerto. Ningún herido.

Le dije si quería tomar algo frío antes de marcharse y me contestó que aún no pensaba marcharse, que la otra vez que vino se había fijado en que me fallaban dos bombillas y que además me podía fabricar unos cuantos alargadores con lo que sobraba de los cables que había quitado. Cambió las bombillas y se puso a componer con muy poca pericia una decena de alargadores que yo no necesitaba. Mientras, me explicó que aunque había estudiado Electricidad, en realidad lo suyo era la Topografía (a esas alturas, yo hubiera podido jurarlo por la antena de mi tele). Me contó millones de cosas. Me pidió que cogiera de su boca un montón de tornillos diminutos mientras él sostenía con ambas manos las piezas de los muy complejos enchufes modernos. Yo busqué encantada todos los tornillos que escondía entre los labios. Hubiera sacado cientos de ellos. Al fin terminó de empalmar cables y enchufes. Le ofrecí de nuevo bebida, y él volvió a pedir agua y a bebérsela de un trago. Me preguntó:

-¿Puedo hacer algo más por ti?

-¿Sabes hacer pizzas? Pregunté, por preguntar algo.

Decidí dejarlo ahí. Tengo complejo de mujer fácil. Mi amiga Lupe me habría dicho:

-Mery, para echarle un polvo a un desconocido hay que ser decidida.

Pero yo sé lo que me hago. El flirteo es un arte en sí mismo…

Los dos soltamos una risita torpe al darnos los dos besos de despedida:

-Hasta la próxima.

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Wednesday, November 21, 2007

Sombras


Enfádate conmigo y dame carta de existencia

Dime que soy lo peor que has encontrado

Y así sabré que al menos te soy reconocible

Ódiame si puedes por algo que haya hecho

Y manifiéstalo para que pueda verlo

Arráncame la ropa, tírame del pelo

Fuérzame a renegar de lo que te he llorado

Por la impotencia, amor, de no saber llegarte

Ronca de gritarte, loca de escribirte, y aún

Empecinada en obtener una respuesta


Fantasma enajenado que persigue sombras

Posted by Aracne at 18:41:45 | Permalink | Comments (1) »

Solos


Paseo entre las ruinas

De lo que fuimos

¿Uno? Nunca uno

Siempre dos hablando solos

Solos los dos

Abrazados, pero solos

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Tuesday, November 20, 2007

raciono


Raciono el costo

Raciono los costes

Raciono los porqués y los entonces

Raciono el llanto aun en años lluviosos

Porque no quiero ser

Insostenible

Posted by Aracne at 17:17:27 | Permalink | Comments (1) »

Tuesday, November 13, 2007

Encuentro

Sonaba una música que a mí me acariciaba los pies y a ti te impulsaba a bailar por el salón, a hacer malabares con cuatro bolas mientras canturreabas. De vez en cuando me sonreías a mí, sentada en una silla, y yo te devolvía la sonrisa sin saber muy bien cómo decirte que yo lo que quería era levantarme y bailar contigo, acercar los labios a esa boca tuya y dibujar tu sonrisa con la punta de la lengua. Sonaba la música y nosotros hablábamos por rellenar los minutos, habiendo dicho ya todo lo que se podía decir.

Cita a ciegas. Juego nervioso de reconocerse en la estación, entre la muchedumbre. Te vi enseguida, porque eras más o menos como había imaginado, sólo que estabas vivo, y te movías de un lado a otro a grandes zancadas, y los ojos de gato de aquella foto que me mandaste eran mucho más grandes, más intensos, más inquisitivos, y la delgadez más evidente. Luego vino la llegada a casa, la cena, la charla, el intercambio atropellado de regalos, las confidencias, las anécdotas, los roces falsamente inocentes, el juego.

¿Quiere o no quiere? ¿Quiero o no quiero?, me preguntaba yo, no sé explicarte por qué, tal vez por esa antigua prevención de que los sueños no deben realizarse, porque entonces dejan de ser sueños.

Y resultó que tu piel sí tenía el tacto imaginado y la temperatura, y tu boca, que por sí sola merece un tratado sobre la belleza o una canción o un poemario, me invitaba a perderme en ella como un astronauta por una galaxia desconocida, a millones de kilómetros luz de la Tierra. Ah, sí… Respirabas en mi cuello pegando tu pecho a mi espalda, mientras tus manos recorrían mi silueta como queriendo dibujar sus accidentes, y apenas me dejabas hacer nada, salvo abandonarme, abrirme, cegar a los vigilantes de todas las puertas, entregar las armas, aferrarme a tu cuerpo escurridizo, buscar tu boca abierta como el náufrago busca una isla.

Yo me dejé llevar y luego tuve miedo. Miedo a que toda aquella belleza se terminara pudriendo. Miedo de mi deseo, de mi tendencia a diluirme en la persona amada. Miedo a equivocarme y a estar viendo fantasmas. Y no te dije nada. ¿Para qué? Tampoco tú me preguntaste. Por tu cabeza no pasan ese tipo de dudas.

Te contemplé dormido largo rato, y te vi hermanado con el lince de la foto que preside la entrada de tu cuarto, con esas láminas que cuelgas en las paredes de ciervos perdidos en la gran ciudad. Un ser sin dueño que todavía busca su sitio. Yo quiero ser como tú, pero me es mucho más difícil, porque yo no nací libre, y créeme, me cuesta cada cuerda que desato. Los que hemos sido esclavos sólo nos sentimos dueños en la huida.

Antes de que me fuera nos abrazamos largamente en tu cocina. De la puerta de la nevera colgaba una fotografía en que otra pareja se abrazaba también, y a mí me dio la impresión de que en ese instante nuestro abrazo era una ficha de dominó cayendo sobre otra para provocar una unión en cadena del universo. Era algo tan improbable, este encuentro nuestro, y sin embargo allí estábamos despidiéndonos, ya con algo del otro inevitablemente pegado en la piel, en el alma, en la memoria. Te dije adiós y en la puerta me dijiste: A ver si esta vez el tren no arrolla a nadie, porque en el viaje de ida había matado a una persona. Yo te contesté que por cálculo de probabilidades eso era imposible, que no tocaba.

Me quedé dormida nada más llegar al tren y soñé que te dejaba lejos. Me despertó el murmullo de los viajeros en el compartimento. Estábamos parados en la vía y la gente se agolpaba sobre mí para mirar por la ventanilla. Pegué la nariz al cristal y vi a un grupo de sanitarios recogiendo los miembros descuartizados de un cadáver. Por los altavoces anunciaron que habíamos arrollado a una persona.

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Thursday, November 8, 2007

lo que no digo

¿Y si me acaricias? Estamos a oscuras. Yo no te veo a ti y tú no me ves a mí. Veo un ordenador en el que te escribo. Apenas me acuerdo de tu cara ni de tu estatura. Te he visto una vez. Y sin embargo busco tus cartas en mi correo electrónico como quien busca candela. Somos, dices, dos almas que han chocado y se han fundido. ¿Y los cuerpos? ¿Qué pasa con los cuerpos? Porque cuando leo tus textos, cuando me hablas, siento como si una mano invisible me acariciara el cuello, la frente, la cabeza, la espalda. Y pienso que me gustaría que esa mano siguiera bajando, que se detuviera brevemente para explorar mi ombligo. Que recorriese los pliegues de las ingles. Que buscara la boca húmeda de mi sexo. Que no se detuviera. Que siguiera acariciándome por dentro y por fuera, por fuera y por dentro.

 

Y mis manos invisibles, del mismo modo, traspasarían las barreras de la distancia, de tu vida completa, para abrirse un hueco y quitarte las gafas y desnudarte. Para pasear por tu cuerpo. Para leerte en Braille.

 

Lo nuestro es todo de palabra, pero ya ves, hay tanto que no digo…

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Monday, November 5, 2007

mañana de sábado

La niña tiene la piel morena. El pelo castaño, largo, liso, con un flequillo que cae sobre dos ojos negros. La niña lleva pantalón corto y camiseta de tirantes a rayas. Uno de los tirantes se ha deslizado por su hombro y parece una raya escapada de la camiseta. La niña no tiene boca. Sus labios suaves, infantiles, se esconden detrás de una varilla de plástico rosa rematada en un aro. La niña sopla a través del aro y dispara una ráfaga de pompas de jabón, que estallan contra mi cuerpo o lo esquivan graciosamente, el aire me da de cara, y la niña, a unos metros de mí, encaramada en lo alto de la escalera que subo, sonríe encantada, refulge en la mañana de sábado luminosa de mi calle. Calle de barrio. Mujeres y ancianos suben las aceras empinadas con las bolsas de la compra hinchadas y sonríen, como si la vida no fuera dura, sino dulce y jugosa. Desde alguna ventana abierta alguien lanza melodías soplando un bombardino que hace unos meses sólo hacía un ruido insoportable. Sonrío. Las bolsas de la compra ya no pesan. Las pompas de jabón que se dispersan tras los disparos de la niña flotan hacia la ventana del músico, como las ratas de Hamelín al encuentro del flautista.

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