Sobre la mesa de comedor había otro libro. Era un voluminoso catálogo de fotografía que él había traído de su último viaje a Nueva York. El libro estaba aún envuelto en plástico, y sobre el plástico, la etiqueta con el precio: 110 dólares. La mitad de lo que costaba el sofá que ella había marcado con un círculo en el catálogo del Palacio del Mueble que recogió del buzón. Los libros eran otra herramienta de trabajo para Eduardo. Y la cámara digital que se había traído de Tokio. Los CDs eran su único vicio. Había cuatro torres de un metro y medio de altas en el salón. Todos los había comprado Eduardo. Todos menos uno de María Dolores Pradera que compró ella, y que escuchaba obsesivamente cuando él estaba fuera.
Cuando él estaba fuera, Pili ocupaba igualmente cuatro losetas dentro de la casa, salvando el tiempo que pasaba en la cocina, que era mucho, porque a ella le gustaba hacerlo todo en casa, hasta el pan y las conservas. Al fin y al cabo, tenía todo el tiempo del mundo. Antes no. Antes él quería que ella lo acompañara a todas partes. Hasta dejó su trabajo para seguirlo, hace diez años, cuando le dieron la plaza de profesor invitado en la Sorbona. Cinco años en París y vuelta a España, convertido en una autoridad. Pili siempre había sabido que llegaría a ser importante. Nadie, ni él mismo, creía en su talento más que ella. Se habían conocido en la Facultad. Eduardo ya era el alumno más brillante del curso, y Pili, poseedora de una belleza arrolladora, tuvo muchas menos dudas de lo que le hizo ver cuando él le pidió que salieran.
Pili volvió la vista hacia Eduardo, absorto en la pantalla del ordenador. Miró el hueco en el que encajaría su sofá y se preguntó dónde estaban sus cosas en esa casa. Tenía una parte del armario, la mitad de la cama, una de las dos baldas del baño, uno de los dos sillones de la diminuta salita de la tele y cuatro losetas en el salón.
Eduardo terminó el texto media hora después de lo previsto. Se levantó de la silla, apagó la pantalla y arrastró una de las pilas de periódicos que había en la habitación hasta el hueco del sofá. Sin saber muy bien por qué, Pili sintió como si todo el peso de los periódicos apilados hubiera sido depositado sobre su esternón.
-¿Por qué haces eso?
-¿Por qué hago qué?, -dijo Eduardo.
-Pasar los periódicos al hueco del sofá…
-¿Qué sofá? Los estoy quitando del paso para que podamos movernos por aquí.
-Querrás decir para que puedas moverte. Yo cada vez tengo menos sitio aquí.
-¿No estarás un poquito hormonal? –Preguntó él con toda la suavidad posible.
-¡Estoy totalmente hormonal!, -Chilló ella. -¡Estoy en plena menopausia, y me duelen los huesos de pasarme la vida sentada en una silla!
-¿Y por qué no te sientas en el sillón de la salita?
-¿Y por qué no trasladamos ahí tu estudio? Ahí no cabe un sofá. ¡No cabe ni la puñetera mesa de trabajo! Caben esos dos sillones de diseño que son un potro de tortura. Gracias, prefiero esta silla. Mi espalda lo agradece, y así de vez en cuando veo tu cara entre viaje y viaje.
Eduardo no dijo nada. Entró un momento en el baño, cogió del armario del cuarto una cazadora de cuero y su pañuelo para el cuello, comprobó que hubiera dinero en la cartera y, con la voz más dulce que fue capaz de sacar, dijo:
-Soy todo tuyo. ¿Vamos al bar de tu amiga Pepa?
Pili dudó un momento. Estaba rabiosa, pero al día siguiente Eduardo se marchaba a la Feria del Libro de Frankfurt. Tenía por delante una semana de soledad. Además, la estaba mirando de aquella manera que, no sabía por qué razón, le hacía perdonarle cualquier cosa.
-¿Has terminado de hacer la maleta? Te dejé las camisas planchadas encima de la cama…
-Sí, mi amor. Todo preparado. Tenemos tiempo para una despedida por todo lo alto.
Se fueron a la calle. Era jueves por la noche, pero el centro estaba animado como si fuera sábado. El bar de Pepa, hasta los topes. El negocio estaba en racha, les explicó la amiga sonriente, mientras le lanzaba guiños a Bruno, el camarero. Bruno, un morenazo argentino que no llegaría ni a los 30 años, le sonreía mansamente. En un momento en que Eduardo entró al baño, Pepa le explicó a Pili que el encuentro con Bruno le había devuelto la vida.
-De Mario no me acuerdo más que cuando me llegan sus cartas del banco. ¡En buena hora lo facturé! Y mira que me costó. Claro, toda la vida con él… ¡Si es que yo no conocía otra cosa! Mira, cuando quedé por primera vez con este muchacho y apareció con su rosa en la mano, de pronto pensé lo que me había estado perdiendo todos estos años. Yo, venga a sacrificarme por Mario. ¡El artista! El artista era un pedazo de egoísta, ¿Sabes? Que si el grupo, que si los ensayos, que si las giras, que si una guitarra nueva, que si ahora cómo nos vamos a ir de vacaciones. Y las periquitas todo el día llamando a mi casa. Y yo, tragando. Convenciéndome de que en realidad él me quería a mí. Y luego el número que me montó cuando le dije que lo dejaba: “No me hagas eso, Pepa, que yo sin ti me muero” ¿Morirse? ¡A las dos semanas me lo encontré de la mano de la guarra ésa que le hace los coros en el grupo! Y ahí fue cuando decidí que yo no iba a ser menos. Me apunté a un taller de Crecimiento Personal, a clases de salsa, a Pilates. A un bombardeo me hubiera apuntado. Y entonces conocí a Bruno.
Pepa lanzó una risotada triunfal justo en el instante en que Eduardo volvía del servicio. Sonriendo, le pellizcó la barbilla y dijo:
-¡Ay, amor! ¡Si es que como tú no hay más que uno! -Y, acercando la cabeza a Pili:
-Créeme, reina, que los hombres sólo valen la pena cuando son como el tuyo. Devotos y consecuentes. Porque ahora está feo decir abiertamente que uno es machista, pero a la hora de cumplir, primero yo y luego yo también. Menos Eduardo, que es de lo que no hay. Por cierto, Eduardo, leí en el periódico tu artículo sobre La Violencia de Género y los Modelos de la Televisión. Estoy totalmente de acuerdo con todo lo que dices. ¿Queréis beber algo más? Os invito a un gin tonic especial. Los prepara Bruno, con hielo granizado y zumo de lima natural.
Eduardo apretó cariñosamente el brazo de Pepa, que se alejaba como un torbellino, y volvió a sentarse. Pili se había quedado callada, como ausente. Él le preguntó si le pasaba algo:
-Si es por el sofá, no te preocupes. En cuanto cobre un extra lo compramos…
-No es por el sofá. Es que a veces me siento muy sola. Tú estás siempre yéndote.
-¿Y te crees que me gusta estar siempre dando tumbos de aeropuerto en aeropuerto? Hay veces que me despierto a medianoche y tengo que pensar un rato dónde estoy. De las ciudades donde paro sólo veo el trayecto entre la sala de conferencias y el hotel. Y nunca tengo tiempo para hacer lo que de verdad me gusta, que es escribir. Pero las conferencias y los seminarios son lo que nos da de comer, y lo que hace que los editores no se olviden de mí.
-Ya, pero antes por lo menos iba contigo. Ahora me quedo aquí, más sola que la una.
-Pues vente conmigo. De vez en cuando nos lo podemos permitir, aunque sea a costa de renunciar a otros lujos. ¿Adónde quieres venirte?
-No sé. A Budapest, en Mayo. Me haría ilusión.
-Bueno, pues mañana llamas y haces la reserva. Pero te advierto que es un seminario de cuatro días en la Universidad. Si quieres hacer turismo vas a tener que montártelo tú sola.
-¿Pero no iba Silvia, la mujer de Enzo Conticello?
-Sí, pero ella ya no va de acompañante, sino de ponente. ¿No te conté que había ganado el Premio Moravia con su primera novela?
-Ah, vaya, de modo que ha entrado en el Club de los Astros… Si no puedes luchar contra ellos, únete a ellos…
-Bueno, que yo sepa ella siempre ha sido escritora. Y bastante mejor que Enzo, por lo que le he leído. Pero si crees que lo ha hecho para entrar en la pomada, no sé a qué esperas para escribir tú también.
-Claro, yo podría escribir las Memorias de la Mujer de un Genio, pero no se me da escribir, y aparte, la vida de la mujer de un genio no tiene más emoción que la vida de un champiñón.
Eduardo levantó la cara sonriendo. No le sonreía a Pili, sino a Pepa, que llegaba cargada con tres gin tonics servidos en copas de globo.
-¿Interrumpo algo? Mi muchacho me dice que me tome un descanso, que él se encarga de la barra. Es un encanto. ¿Verdad? -Se sentó al lado de Eduardo e inició un parlamento insoportable acerca de cómo había cambiado su vida en los últimos meses. El taller de Crecimiento Personal la había ayudado a encontrarse consigo misma. El Pilates le había quitado de encima siete kilos, y el sexo con Bruno, diez años.
-Eduardo y yo en la cama nos entendemos de maravilla. De hecho, si no fuera por el sexo, no sé qué habría sido de nosotros, -dijo Pili, apretando la rodilla de su hombre, que le devolvió una sonrisa incómoda, pero aceptó sin protestar que ella pidiera otro gin tonic, y luego otro más (“el último, mi amor, que te tengo que despedir como Dios manda antes de que te vayas, que las niñatas que van a tus seminarios te miran como lobas”), y así hasta que cerraron el bar.
Y al final no hubo despedida inolvidable, porque llegaron a casa demasiado borrachos hasta para desvestirse. Eduardo programó la alarma del móvil, se tomó un antiácido y un par de pastillas para el dolor de cabeza del día siguiente, arropó a Pili y se durmió en el filo de la cama, intentando no rozarla para que no se despertara.
Le pareció que acababa de cerrar los ojos cuando sonó la alarma. Pili se levantó al mismo tiempo que él. Eduardo intentó convencerla de que siguiera durmiendo, pero a ella le gustaba cumplir sus ritos. Se fue a la cocina, aún medio borracha, y, mientras él se duchaba y se vestía, le preparó un café cargado con una cortecita de limón. El sol entraba inclemente por el ventanal del salón, haciendo refulgir una nube de diminutas motas de polvo, y Pili pensó que ahora que iba a estar sola una semana, aprovecharía para hacer una limpieza a fondo del estudio. Tal vez no fuera mala idea buscar unos estores de alguna tela clara. Eso le daría un toque más hogareño a la estancia. Y, aunque el sofá podía esperar, cambiaría de sitio las pilas de periódicos. Ya encontraría un hueco donde no estorbasen. Ella era especialista en administrar la escasez. “Eres una mujer para un pobre”, decía su abuela. Y la mujer nunca supo hasta qué punto tenía razón.
Eduardo salió de la ducha, la besó en la frente, se bebió el café de un tirón, se lavó los dientes y cogió la maleta.
-¿No quieres que te acompañe al aeropuerto?
-Mujer, si tuvieras que acompañarme cada vez…
-¿A la parada de taxis?
-Si no estás vestida… Mira, van a ser sólo siete días. Luego tengo un hueco hasta el siguiente bolo. Si quieres nos vamos al Cabo de Gata y nos tiramos cuatro días en la playa. ¿Hace?
-Vale, pero sin portátil…
-Bueno, sin portátil podrán ser sólo dos días, pero lo negociamos a la vuelta. ¿Vas a estar bien?
-Sí.
-¿Lo prometes? Se me hace duro dejarte después de anoche…
-No me hagas caso. Ejerzo mi derecho al pataleo. Eres lo mejor que tengo… En el fondo lo que me da miedo es que un día te enamores de una de tus alumnas y me dejes.
-Ven aquí, -dijo él, y la abrazó con todas sus fuerzas. -¿Cómo podría yo dejarte?
-No sé, siempre rodeado de gente interesante, de mujeres con las que puedes hablar de cosas de las que no puedes hablar conmigo…
-Tú me das otras cosas. Tú eres mi hogar.
Pili se echó a llorar.
-Vamos, no te pongas así justo cuando estoy saliendo por la puerta…
-Perdona, -dijo ella secándose los ojos con el revés de la mano. –Ya se me pasa. No llegues tarde.
Volvieron a besarse y Eduardo abrió la puerta y llamó al ascensor. Mientras esperaban, Pili le preguntó:
-¿Llevas el móvil?
Él se tanteó los bolsillos.
-Sí.
-Mándame un mensaje cuando llegues.
Eduardo volvió a decir que sí desde el ascensor.
-¡Llámame esta noche!
Ya no contestó. Pili oyó cómo el ascensor se detenía en el primer piso. Corrió al ventanal del estudio y lo vio salir arrastrando su maleta de ruedas. Él, como siempre, volvió la cabeza hacia arriba y le hizo un gesto de adiós con la mano. Ella le lanzó un beso. Luego cerró la ventana y fue a la cocina para prepararse el desayuno. Se tomó también un antiácido y pastillas para el dolor de cabeza. Luego se dio una ducha, se vistió, tomó las medidas del ventanal del salón y se fue a la calle. Volvió a casa cargada con los estores y, de pie en la cocina, almorzó las sobras que había en la nevera. Cuando estaba Eduardo siempre guisaba de más. Aunque estaba cansadísima, decidió no reposar delante de la tele. Cogería los útiles de limpieza y culminaría la operación salón esa misma tarde. Así por la noche caería rendida. La primera noche sin Eduardo siempre le dejaba una sensación de soledad que le daba vértigo.
Pili limpió el salón hasta dejarlo reluciente. Con infinito cuidado para no desordenar nada, fue levantando las pilas de libros y papeles que había sobre la mesa de Eduardo, y limpiando con un trapo del polvo. Luego se subió a una escalera de mano y colgó los estores. Por último, posó la vista sobre las pilas de periódicos y empezó a trasladarlas a otro rincón, justo delante de la única estantería que contenía sus propios libros. Total, ella sólo leía novelas, y una vez leídas, las novelas no tenían utilidad.
En un momento del traslado, del interior de una revista cayó la tarjeta de embarque de un vuelo Nueva York-Madrid, que estaba puesta a modo de señalador. Al ir a dejarla en la página de la que se había caído, Pili reparó en que dentro había una hojita doblada. Estuvo a punto de no abrirla, pero algo le hizo desplegarla. Dentro, una nota breve, escrita en italiano: “Amore, anch’ io ti aspetto. Ti aspetto sempre, lo sai… Ci ritroviamo a Frankfurt. Silvia”.
Pili no sabía italiano. Daba igual. Había entendido. Sintió que las piernas se le volvían blandas, incapaces de sostener su peso. Sintió un retortijón en la barriga. Sintió que le faltaba el aire. Con la nota arrugada en la mano, buscó su silla en la mesa de la cocina y se sentó. Miró al suelo y vio las cuatro losetas sobre las que se sentaba y, alrededor, toda la casa desplomándose.