lo que no digo
¿Y si me acaricias? Estamos a oscuras. Yo no te veo a ti y tú no me ves a mí. Veo un ordenador en el que te escribo. Apenas me acuerdo de tu cara ni de tu estatura. Te he visto una vez. Y sin embargo busco tus cartas en mi correo electrónico como quien busca candela. Somos, dices, dos almas que han chocado y se han fundido. ¿Y los cuerpos? ¿Qué pasa con los cuerpos? Porque cuando leo tus textos, cuando me hablas, siento como si una mano invisible me acariciara el cuello, la frente, la cabeza, la espalda. Y pienso que me gustaría que esa mano siguiera bajando, que se detuviera brevemente para explorar mi ombligo. Que recorriese los pliegues de las ingles. Que buscara la boca húmeda de mi sexo. Que no se detuviera. Que siguiera acariciándome por dentro y por fuera, por fuera y por dentro.
Y mis manos invisibles, del mismo modo, traspasarían las barreras de la distancia, de tu vida completa, para abrirse un hueco y quitarte las gafas y desnudarte. Para pasear por tu cuerpo. Para leerte en Braille.
Lo nuestro es todo de palabra, pero ya ves, hay tanto que no digo…