Tuesday, May 6, 2008

hermanos

Encuentro con mi hermano después de meses sin verlo, sin apenas hablar con él. La lejanía de las personas queridas de cuyo amor estamos seguras no representa ninguna angustia. Incluso podemos olvidarlas durante días, semanas, y luego volvemos a verlas y la emoción, la confianza, la complicidad, siguen intactas. Mi hermano y yo estamos conectados por hilos invisibles que van mucho más allá del intercambio de información constante, de la necesidad de actualizar las vivencias. A menudo, cuando viene, disponemos sólo de unas horas para conversar. Las disfrutamos sin angustia, y nos mantienen alimentados hasta el próximo encuentro. Llevamos toda la vida enredados en una única conversación discontinua, donde lo que se dice es lo de menos. Las palabras nos sirven lo mismo que a las hormigas el frote de las antenas: para saber que somos dos hermanos, para reconocernos y seguir nuestro camino, que inevitablemente volverá a cruzarse.

Posted by Aracne at 18:33:18 | Permalink | Comments (2)

mi abuela

Mi abuela nunca le llamó hucha a la hucha. Decía siempre alcancía. “Toma, estas moneditas para que las metas en tu alcancía”. Le gustaban las palabras corpóreas. Lograba que el viento silbara cuando hablaba del viento. Mi abuela de pequeña tenía un limonero, pero envidiaba el naranjo dulce de su hermana mayor. Su hermana mayor se casó con un hombre rico. Mi abuela, con un hombre pobre. Su hermana mayor no tuvo hijos. Mi abuela tuvo once.

Mi abuela decía que había empezado a vivir después de enviudar, aunque en presencia de sus hijos aseguraba que se había casado con el hombre más bueno de la Tierra. Para mi abuela, la máxima transgresión era fumar tabaco negro y decir palabrotas jugando a las cartas. Cuando ya no pudo fumar ni jugar a las cartas, cuando no pudo levantarse más de su sillón, maldijo a toda la profesión médica por no tener cura para su dolencia. Al final de su vida se empeñó en recibir diariamente la visita de un sacerdote, y cuando lo escuchaba llegar por el pasillo, repasaba su peinado en el espejo de la polvera. Mi abuela presumía de haber sido guapa de joven, pero yo nunca la creí porque la conocí vieja.

Al entierro de mi abuela acudió un personaje misterioso. Un dandy octogenario con el cabello blanco peinado hacia atrás y un pañuelo de seda sobre las arrugas del cuello. Con exquisitas maneras, pidió permiso a la familia y pasó frente al catafalco. Puso encima una rosa y, al retirarse, me susurró: “no ha existido mujer más bella”. No tuve valor para preguntarle quién era.

Posted by Aracne at 18:22:37 | Permalink | Comments (7)