Encuentro
Sonaba una música que a mí me acariciaba los pies y a ti te impulsaba a bailar por el salón, a hacer malabares con cuatro bolas mientras canturreabas. De vez en cuando me sonreías a mí, sentada en una silla, y yo te devolvía la sonrisa sin saber muy bien cómo decirte que yo lo que quería era levantarme y bailar contigo, acercar los labios a esa boca tuya y dibujar tu sonrisa con la punta de la lengua. Sonaba la música y nosotros hablábamos por rellenar los minutos, habiendo dicho ya todo lo que se podía decir.
Cita a ciegas. Juego nervioso de reconocerse en la estación, entre la muchedumbre. Te vi enseguida, porque eras más o menos como había imaginado, sólo que estabas vivo, y te movías de un lado a otro a grandes zancadas, y los ojos de gato de aquella foto que me mandaste eran mucho más grandes, más intensos, más inquisitivos, y la delgadez más evidente. Luego vino la llegada a casa, la cena, la charla, el intercambio atropellado de regalos, las confidencias, las anécdotas, los roces falsamente inocentes, el juego.
¿Quiere o no quiere? ¿Quiero o no quiero?, me preguntaba yo, no sé explicarte por qué, tal vez por esa antigua prevención de que los sueños no deben realizarse, porque entonces dejan de ser sueños.
Y resultó que tu piel sí tenía el tacto imaginado y la temperatura, y tu boca, que por sí sola merece un tratado sobre la belleza o una canción o un poemario, me invitaba a perderme en ella como un astronauta por una galaxia desconocida, a millones de kilómetros luz de la Tierra. Ah, sí… Respirabas en mi cuello pegando tu pecho a mi espalda, mientras tus manos recorrían mi silueta como queriendo dibujar sus accidentes, y apenas me dejabas hacer nada, salvo abandonarme, abrirme, cegar a los vigilantes de todas las puertas, entregar las armas, aferrarme a tu cuerpo escurridizo, buscar tu boca abierta como el náufrago busca una isla.
Yo me dejé llevar y luego tuve miedo. Miedo a que toda aquella belleza se terminara pudriendo. Miedo de mi deseo, de mi tendencia a diluirme en la persona amada. Miedo a equivocarme y a estar viendo fantasmas. Y no te dije nada. ¿Para qué? Tampoco tú me preguntaste. Por tu cabeza no pasan ese tipo de dudas.
Te contemplé dormido largo rato, y te vi hermanado con el lince de la foto que preside la entrada de tu cuarto, con esas láminas que cuelgas en las paredes de ciervos perdidos en la gran ciudad. Un ser sin dueño que todavía busca su sitio. Yo quiero ser como tú, pero me es mucho más difícil, porque yo no nací libre, y créeme, me cuesta cada cuerda que desato. Los que hemos sido esclavos sólo nos sentimos dueños en la huida.
Antes de que me fuera nos abrazamos largamente en tu cocina. De la puerta de la nevera colgaba una fotografía en que otra pareja se abrazaba también, y a mí me dio la impresión de que en ese instante nuestro abrazo era una ficha de dominó cayendo sobre otra para provocar una unión en cadena del universo. Era algo tan improbable, este encuentro nuestro, y sin embargo allí estábamos despidiéndonos, ya con algo del otro inevitablemente pegado en la piel, en el alma, en la memoria. Te dije adiós y en la puerta me dijiste: A ver si esta vez el tren no arrolla a nadie, porque en el viaje de ida había matado a una persona. Yo te contesté que por cálculo de probabilidades eso era imposible, que no tocaba.
Me quedé dormida nada más llegar al tren y soñé que te dejaba lejos. Me despertó el murmullo de los viajeros en el compartimento. Estábamos parados en la vía y la gente se agolpaba sobre mí para mirar por la ventanilla. Pegué la nariz al cristal y vi a un grupo de sanitarios recogiendo los miembros descuartizados de un cadáver. Por los altavoces anunciaron que habíamos arrollado a una persona.